
Cuando lo tuve frente a mí, tan alto, tan guapo con su toga negra y con los ojos llenos de lágrimas igual que los míos, las piernas me temblaban tanto que sentí que me iba a caer en ese mismo instante. Yo traté de esconder mis manos detrás de la espalda para que nadie viera mis uñas cortas y la piel reseca por el jabón en polvo, y apenas pude susurrarle con la voz quebrada:
—Hijo, por Dios, regrésate al escenario… me estás poniendo en vergüenza frente a toda esta gente tan elegante.
Él negó con la cabeza, me tomó de las muñecas con una ternura infinita, sacó mis manos de atrás de mi espalda y las besó frente a todos los presentes. Luego, con una voz fuerte y clara que retumbó en todo el salón gracias al silencio absoluto que había, me dijo la frase que jamás voy a olvidar mientras viva:
—Mamá, hoy tú no te quedas en la puerta; este título tiene mi nombre, pero el honor y la graduación son tuyos, así que ven a recibirlo a tu lugar.
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