Pensó que quizá podría salir de la biblioteca sin que ocurriera nada más.

Sophie seguía mirando por encima de su hombro.

Parecía confundida.

Todavía no comprendía por qué su madre se negaba a observar lo que había descubierto.

Para ella, la respuesta era sencilla.

Había algo extraño en el cuello de aquel hombre.

Y los adultos deberían querer saberlo.

Anna dio un paso.

Después otro.

Fue entonces cuando escuchó un movimiento detrás de ella.

Se detuvo.

El cuero del sofá crujió ligeramente.

Dante había comenzado a moverse.

Su cabeza ya no descansaba exactamente en la misma posición.

El libro de cuentas se desplazó sobre su pecho.

Anna sintió un miedo inmediato.

Si Dante despertaba, tendría que explicar por qué ella y su hija estaban tan cerca.

Y quizá Sophie volvería a hablar del insecto.

La empleada apretó suavemente a la niña contra su cuerpo.

Quiso continuar hacia la puerta.

Pero ya era tarde.

Los ojos de Dante Moretti se abrieron de golpe.

No despertó lentamente.

Su reacción fue inmediata.

Era la de un hombre acostumbrado a reconocer el peligro antes de comprenderlo por completo.

Durante un instante su mirada pareció recorrer la habitación.

Vio a Anna.

Vio a Sophie.

Y vio que ambas estaban apartándose de él.

Su brazo se movió con rapidez.

La mano salió disparada hacia la niña.

Y atrapó su muñeca.

Anna se quedó paralizada.

Sophie abrió mucho los ojos.

El contacto no había sido esperado por ninguna de las dos.

La niña había estado tranquila hasta aquel instante.

Ahora miraba a Dante con una mezcla de sorpresa y desconcierto.

Anna sintió que se le secaba la garganta.

Conocía la reputación del hombre que tenía delante.

Había escuchado suficiente durante sus tres meses de trabajo como para saber que no era una persona a la que convenía provocar.

Pero delante de ella estaba su hija.

Y aquel hombre acababa de sujetarla.

—Señor Moretti…

Anna apenas consiguió pronunciar las palabras.

Dante no respondió inmediatamente.

Sus ojos estaban abiertos y su respiración había cambiado.

Parecía estar intentando comprender por qué alguien se encontraba tan cerca mientras dormía.

Sophie miró a su madre.

Después volvió los ojos hacia él.

No entendía que, en aquella casa, tocar una herida pudiera considerarse una falta grave.

Tampoco sabía que Dante llevaba tres años padeciendo dolores, pérdidas de memoria y episodios de confusión.

Solo sabía que había visto una pequeña forma extraña bajo su piel.

Y que quería explicarlo.

Anna intentó mantener la calma.

No quería asustar más a su hija.

Pero sentía que cada segundo aumentaba el peligro de la situación.

—Perdón, señor —comenzó—. Sophie no sabía…

La niña la interrumpió con una voz pequeña.

—Solo quería ver el insecto.

Anna cerró los ojos brevemente.

Aquella era exactamente la frase que había intentado impedir.

Dante permaneció inmóvil.

La biblioteca volvió a llenarse del sonido de la lluvia.

Durante tres años había escuchado una explicación completamente distinta sobre aquella zona de su cuello.

Un fragmento metálico.

Tejido cicatricial.

Una lesión demasiado delicada para intervenir.

Nada relacionado con un insecto.

Y mucho menos con algo que pareciera tener pequeñas patas.

La expresión de Sophie era seria.

No sonreía.

No parecía estar jugando.

Hablaba como una niña que había descubierto algo y quería compartirlo.

Anna comprendió que ya no podría hacer desaparecer aquella conversación.

Dante había despertado.

Había escuchado la palabra «insecto».

Y su mano seguía sujetando la muñeca de Sophie.

Por un momento, Anna recordó todo lo que había aprendido sobre Victor Hale.

Él conocía cada cita médica.

Cada protocolo.

Cada explicación sobre la recuperación de Dante.

Era quien había transmitido a muchos empleados la información acerca del fragmento que los cirujanos habían dejado cerca de la columna cervical.

Anna nunca había tenido razones para cuestionarlo.

No le correspondía hacerlo.

Su trabajo era mantener limpia la casa y cumplir las instrucciones.

Pero aquella tarde una niña de cinco años había visto algo que los adultos habían pasado por alto, o que al menos nadie había considerado necesario describir de aquella forma.

Quizá Sophie se equivocaba.

Quizá la lesión tenía una apariencia extraña que podía explicarse perfectamente por la explosión.

Pero también existía una posibilidad que Anna no quería contemplar.

¿Y si aquella forma no fuera lo que todos creían?

Dante había pasado tres años con dolores de cabeza que no terminaban de desaparecer.

Había sufrido lagunas de memoria.

Había experimentado una confusión que lo obligaba a depender cada vez más de quienes lo rodeaban.

Y la persona que mejor conocía las explicaciones sobre su estado era precisamente Victor.

Anna no tenía pruebas de nada.

Ni siquiera había visto con claridad la supuesta forma metálica.

Solo tenía las palabras de Sophie.

Una niña de cinco años.

Y una reacción repentina de Dante que había convertido una tarde de limpieza en una situación aterradora.

Entonces Sophie volvió a hablar.

—No quería hacerle daño.

Su voz tembló ligeramente.

Anna la sostuvo con mayor cuidado.

Dante miró a la pequeña.

La tensión de aquel instante pareció concentrarse en la mano con la que la sujetaba.

La niña no intentó escapar.

Simplemente volvió a mirar hacia el lugar donde había descubierto la protuberancia.

Había algo profundamente extraño en aquella escena.

El hombre al que los adultos más temían estaba frente a una niña que no entendía por qué debía temerle.

Y la niña estaba convencida de haber encontrado algo importante.

Anna quiso explicar que Sophie era demasiado pequeña para comprender las heridas.

Que los niños podían imaginar formas donde no existían.

Que probablemente había confundido una cicatriz con un insecto.

Pero no había escuchado todavía lo que Dante quería decir.
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