Y no sabía si intentar desacreditar a su hija empeoraría las cosas.

La lluvia continuó golpeando los ventanales.

El libro de cuentas permanecía torcido sobre el pecho del jefe mafioso.

El paño de Anna seguía en el suelo.

A pocos pasos, el libro para colorear de Sophie había quedado abierto sobre la alfombra.

Era una escena aparentemente insignificante.

Una niña curiosa.

Una madre asustada.

Un hombre despertado inesperadamente.

Pero para Dante aquella tarde podía significar algo más.

Durante tres años había aceptado que su salud nunca volvería a ser como antes.

Había aprendido a convivir con el dolor.

Había soportado la frustración de no recordar siempre lo que necesitaba.

Y había confiado en quienes aseguraban conocer las razones de aquellos síntomas.

Ahora una niña estaba diciendo que había visto algo diferente.

No una cicatriz irregular.

No una simple marca de la explosión.

Una pequeña forma ovalada.

Casi plateada.

Con algo que ella describía como patas.

Dante sabía que una observación infantil no podía sustituir una explicación médica.

Tampoco tenía motivos suficientes para concluir que existía algo deliberadamente oculto bajo su piel.

Pero el comentario había llegado en el momento más inesperado.

Y por primera vez, aquella zona de su cuello dejó de ser solamente una herida que prefería no tocar.

Se convirtió en una pregunta.

¿Qué había realmente allí?

Anna observó su expresión.

No podía saber qué estaba pensando.

Solo veía a un hombre que había despertado de golpe y estaba tratando de comprender qué había ocurrido.

Sophie permanecía frente a él.

Sus ojos seguían abiertos de par en par.

Y aunque su madre hubiera preferido que guardara silencio, la niña parecía incapaz de olvidar lo que había visto.

—Era muy pequeño —murmuró.

Anna le dirigió una mirada suplicante.

Pero Sophie continuó.

—Y brillaba un poquito.

La niña no sabía nada sobre la historia de Victor Hale.

No comprendía las relaciones de confianza que sostenían la vida de Dante.

Desconocía que dentro de siete semanas el hombre se casaría con Isabella Romano.

Tampoco podía imaginar cuánto había sufrido durante los tres años posteriores a la explosión.

Para Sophie solo existía aquella figura.

Algo extraño que había descubierto mientras su madre limpiaba una biblioteca.

Y estaba intentando encontrar palabras para describirlo.

Dante miró hacia la alfombra.

Allí seguía el libro para colorear que la pequeña había dejado abandonado.

El dibujo podía parecer una tontería.

Una manera infantil de representar algo que quizá no tenía ningún significado.

Pero también podía ayudarle a entender exactamente qué había visto.

La diferencia entre ambas posibilidades todavía no estaba clara.

Anna seguía pensando en la salida.

Quería sacar a Sophie de allí.

Retomar sus tareas.

Olvidar aquella situación.

Sin embargo, sabía que ya no podrían marcharse como si nada hubiera sucedido.

Dante había despertado.

Y lo había hecho precisamente cuando su hija hablaba de algo que supuestamente no existía.

La mano del hombre comenzó a relajarse.

Sophie miró sus dedos.

Anna permaneció atenta a cada movimiento.

En su mente se mezclaban las órdenes de la casa y la necesidad de proteger a su hija.

No sabía qué debía decir primero.

Pedir disculpas.

Explicar que Sophie no había querido molestarlo.

O admitir que la niña había observado algo cuya forma todavía no lograba comprender.

Lo único seguro era que el descubrimiento había sido accidental.

Sophie no había entrado en aquella biblioteca buscando secretos.

Había acompañado a su madre.

Había llevado un libro para colorear.

Y había visto algo extraño mientras un hombre dormía.

Pero los secretos, cuando existen, no siempre son descubiertos por quienes saben buscarlos.

A veces llaman la atención de alguien que todavía no ha aprendido qué preguntas conviene evitar.

Dante levantó lentamente la mirada hacia Sophie.

Anna dejó de respirar durante un instante.

La niña lo miró de vuelta.

A pesar de su nerviosismo, todavía parecía querer explicarle lo ocurrido.

En aquella habitación había un hombre acostumbrado a que todos respetaran sus silencios.

Una madre que conocía demasiado bien el peligro de desobedecer.

Y una niña que acababa de romper una de las reglas más importantes de la mansión por pura curiosidad.

El dolor de Dante tenía tres años de historia.

La explicación del fragmento metálico también.

Victor Hale había formado parte de aquella historia desde el principio.

Y ahora todo podía comenzar a revisarse por una observación que nadie había tomado en consideración.

Anna miró otra vez el libro para colorear.

Después miró a su hija.

La pregunta que temía era inevitable.

Si Dante quería saber qué había tocado Sophie, no bastaría con decir que la niña se había equivocado.

Tendría que escuchar su descripción.

Quizá incluso tendría que ver un dibujo.

Y si aquel dibujo mostraba una forma que alguien reconociera, la situación podía volverse mucho más complicada.

Dante observó a Sophie durante unos segundos.

La niña parecía esperar que él hiciera alguna pregunta.

Anna sentía el corazón golpeándole con fuerza.

Afuera continuaba lloviendo.

Dentro de la biblioteca, el silencio era casi absoluto.

Finalmente Dante abrió la boca.

Y Anna comprendió que estaban a punto de descubrir si lo que Sophie había visto era simplemente una extraña cicatriz o el comienzo de una verdad que nadie había querido explicar.

Porque durante tres años todos habían hablado del fragmento en la nuca de Dante Moretti.

Pero hasta aquel momento, nadie había conseguido que él se preguntara quién había tenido realmente el control de la historia que le contaban sobre su propia herida.

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