
PARTE 2:
Dejé que el teléfono sonara tres veces. No porque disfrutara haciéndolo, sino porque, después de sesenta y ocho años de vida, había aprendido que a veces el silencio es el único lenguaje que entienden los arrogantes.
Al cuarto tono, contesté.
—Gloria Sutter —dije.
Durante medio segundo, al otro lado de la línea solo se escuchó una respiración. Fuerte, entrecortada, desesperada. Esa forma de respirar de alguien que empieza a notar cómo el suelo se resquebraja bajo sus pies, pero todavía se niega a aceptar que está a punto de caer.
—¿Qué has hecho? —preguntó Trevor.
Hablaba en voz baja, pero no estaba tranquilo. Podía percibir el temblor que se escondía detrás de su rabia…
LA SIGUIENTE PARTE Y EL DESENLACE COMPLETO ESTÁN A PUNTO DE LLEGAR.
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