
Cuando salí a encararlos con el reloj en la mano y les exigí una explicación frente a sus invitados, Trevor, humillado y borracho de soberbia, me empujó hacia el pasillo para callarme. Cuando le dije que al día siguiente les quitaría hasta el último peso, perdió el control y me soltó un revés con el dorso de la mano que me reventó el labio contra el marco de la puerta. Brenda ni siquiera se inmutó; solo cerró la puerta corrediza de cristal para que sus amigos no escucharan nada.
—No hay ningún malentendido, Trevor —le dije por el teléfono, regresando al presente—. El señor que tienes frente a tu puerta es el apoderado legal del Grupo Inmobiliario del Valle. Llevaban dos años ofreciéndome comprar esa propiedad al contado. Hoy a las nueve de la mañana acepté su oferta con un veinte por ciento de descuento a cambio de que tomaran posesión física del inmueble hoy mismo al mediodía. La casa ya no es mía, y mucho menos tuya.
—¡Estás demente! —gritó él, y escuché cómo golpeaba el escritorio de su despacho—. ¡No puedes echarnos a la calle como si fuéramos perros! ¡Aquí viven tus nietos! ¡Además, tengo mis camionetas adentro y mi oficina! ¡Me voy a ir ahorita mismo a las oficinas de Cedarline Capital a sacar dinero del fideicomiso familiar para meterte una demanda que te va a dejar en la ruina!
Solté una pequeña risa seca, sin humor.
—Te ahorras el viaje, hijo. A las ocho y veintitrés de la mañana hablé con el administrador de Cedarline Capital. Como única titular y fundadora de la cuenta patrimonial, revocué tu firma autorizada, cancelé tus tres tarjetas de crédito corporativas y congelé la línea de crédito con la que pagabas la nómina de tu supuesta empresa de consultoría.
Del otro lado de la línea se hizo un silencio sepulcral. Incluso los gritos de Brenda al fondo parecieron apagarse.
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