
miedo
de cogerla en brazos por temor a hacerlo mal.
Y ahora tenía delante a una joven adulta.
— Sophie, tenemos que hablar.
Se sentaron en la cocina.
Emma le contó todo lo que sabía.
No ocultó ni la edad a la que se había convertido en madre, ni las difíciles circunstancias, ni la decisión de su abuelo.
Sophie escuchó en silencio.
Cuando Emma terminó, su hija contempló durante largo rato la vieja fotografía.
— Mamá, ¿quieres encontrarlos?
Emma se quedó pensativa.
— No lo sé. Nunca he querido volver a aquella época.
— Entonces no tienes por qué hacerlo. Pero a mí me gustaría saber al menos quién era mi otra abuela.
Emma asintió.
— Podemos intentarlo. Pero no estamos obligadas a dejar entrar a esas personas en nuestras vidas si no queremos.
Durante las semanas siguientes, Sophie estuvo ocupada preparando su ingreso en la universidad.
Mientras tanto, Emma comenzó a buscar con cautela
a
la mujer de la fotografía.
Ya no vivía en la antigua dirección.
Pero, gracias a algunos conocidos, Emma consiguió averiguar que la madre de Lucas, Helena, se había mudado a un barrio cercano.
Emma la llamó personalmente.
— Me llamo Emma. Hace dieciocho años di a luz a mi hija Sophie.
Al otro lado de la línea se hizo el silencio.
Después, la anciana comenzó a llorar.
— Sé quién eres. He querido escribirte tantas veces…
Se encontraron en una pequeña cafetería.
Helena acudió sola.
Parecía desconcertada y sostenía un viejo bolso entre las manos.
— Perdóname, Emma —dijo—. En aquel entonces permití que mi marido decidiera por todos. Y no hice nada para protegerte.
Emma no intentó consolarla.
— ¿Y dónde está Lucas?

— Vive en otra ciudad. Tiene su propia familia. Apenas mantenemos el contacto. No sé si querrá hablar contigo.
— No necesito encontrarme con él —respondió Emma—. No he venido
por él.