
..como si estuviera esperando una señal, o peor aún, como si supiera perfectamente la trampa que su superior estaba a punto de tender.
—Las cosas aquí en el condado no funcionan como en la capital, señorita —dijo Vance con una sonrisa burlona, acercándose a menos de medio metro de ella—. Una infracción técnica como esta nos da causa probable para retener el vehículo, remolcarlo al corralón y llevarte a los separos hasta el lunes por la mañana para una revisión completa de antecedentes. A menos, claro, que decidamos resolverlo entre nosotros aquí mismo.
Victoria no parpadeó. Sintió el leve zumbido del transmisor en su cintura.
—¿Y cómo propone resolverlo exactamente, oficial Vance? —preguntó ella con una voz serena, modulando cada sílaba con perfecta claridad para que los micrófonos del despacho estatal captaran el audio sin interferencias.
—Doscientos dólares en efectivo por concepto de «inspección rápida» —soltó Vance sin el menor pudor, apoyando la mano derecha sobre la cacha de su arma de cargo—. Tú te vas en paz a tu casa, yo me olvido de revisar la cajuela y todos contentos. ¿O prefieres que Miller empiece a registrar el auto y casualmente encuentre algo que complique tu tarde?
Miller tragó saliva ruidosamente y desvió la mirada hacia el bosque de pinos, con las manos apretadas en puños dentro de sus bolsillos. Estaba aterrorizado, pero la costumbre de encubrir a su compañero era más fuerte.
—No cargo efectivo —respondió Victoria sin inmutarse—. Y la cajuela está abierta a cualquier inspección legal, siempre y cuando quede asentada en la bitácora con su número de placa, sargento.
La cara de Vance se endureció. La diversión se transformó en pura soberbia.
—Tú no me das órdenes en mi propia carretera —gruñó, dando un paso agresivo al frente—. Miller, ponle las esposas por desacato. Yo voy a registrar el auto.
Antes de que Miller pudiera dar un solo paso tembloroso hacia ella, el silencio de la carretera rural fue quebrado por un rugido de motores a toda velocidad.
Desde la curva del bosque, cuatro camionetas negras con vidrios polarizados y dos patrullas de la Policía Estatal de Carreteras aparecieron a más de ciento veinte kilómetros por hora. Cruzaron sus vehículos sobre el pavimento, levantando nubes de polvo y grava, bloqueando por completo ambos extremos del camino y encerrando a la patrulla del condado en una trampa perfecta.
Las puertas de los vehículos estatales se abrieron al unísono. Seis agentes con chalecos tácticos del Buró Estatal de Investigaciones descendieron con las armas en posición de guardia.
—¡Policía Estatal! ¡Manos a la vista! ¡Sargento Vance, aléjese del vehículo y levante los brazos! —retumbó la voz del capitán a través de un megáfono.
Vance dio un respingo, desconcertado y lívido. Intentó llevar la mano a su cinturón:
—¡¿Qué demonios les pasa?! —gritó, tratando de mantener la arrogancia—. ¡Soy el sargento Vance de la oficina del sheriff del condado! ¡Esta es mi jurisdicción!
—Su jurisdicción terminó en el momento en que extorsionó a un agente federal encubierto, sargento —dijo Victoria con frialdad.
Lentamente, Victoria sacó la mano derecha de su pantalón corto. Entre sus dedos sostenía la placa metálica dorada de la Fiscalía General del Estado y el pequeño transmisor satelital parpadeando en verde.
Al ver la insignia, Miller se desplomó de rodillas en la orilla del camino, con las manos entrelazadas sobre la nuca sin que nadie se lo ordenara:
—¡Yo no sabía nada, se lo juro! ¡Él me obligó! ¡Él siempre lo hace! —comenzó a balbucear el novato con la voz quebrada.
Vance se quedó completamente petrificado. El sudor le empapó la camisa del uniforme mientras dos agentes estatales se acercaban por detrás, le desarmaban la pistola de cargo y le sujetaban las muñecas con fuerza para colocarle las esposas de acero.
El capitán estatal se acercó a Victoria y le devolvió los documentos que seguían sobre el techo del sedán.
—Todo quedó registrado en tiempo real en Columbus, directora —dijo el capitán con un saludo militar—. La fiscalía ya liberó la orden de cateo para las oficinas del sheriff y sus cuentas privadas.
Victoria guardó sus papeles en el bolso, miró a Vance a los ojos —quien no pudo sostenerle la mirada mientras era empujado hacia la parte trasera de la patrulla estatal— y se subió a su auto. Encendió el motor, bajó la ventanilla apenas unos centímetros para respirar el aire limpio de la sierra y continuó su camino por la autopista, recordando una vez más que aquellos que abusan del poder que les da un uniforme siempre terminan destruidos por su propia soberbia.