
—Apúrense a buscar lugar en las gradas de atrás —soltó Héctor con desdén antes de girarse sobre sus talones y caminar con su esposa hacia los asientos reservados con alfombra roja.
Caminé con mis muchachos hacia la zona de participantes. Mateo me tomó la mano y me susurró al oído con esa madurez que la vida le había enseñado a la fuerza:
—Tranquila, mamá. Deja que hablen en el pasillo. Nosotros vamos a hablar en el escenario.
El silencio se apoderó del teatro cuando las luces principales se atenuaron y el presidente del comité evaluador, un decano con reconocimiento de la academia nacional de ciencias, subió al podio.
Durante dos horas se entregaron reconocimientos a los colegios privados más costosos de la región. El hijo de Héctor recibió un diploma de participación de tercer nivel; vi a su padre aplaudir de pie desde la primera fila, inflando el pecho y tomándole fotos con su teléfono de gama alta como si hubiera conquistado el mundo.
Pero entonces llegó el momento culminante de la noche.
—Damas y caballeros —anunció el decano con solemnidad—. Llegamos a la categoría de Excelencia Científica y Desarrollo Tecnológico. Este año, el jurado calificador tomó una decisión unánime sin precedentes. No solo se rompieron todos los récords de puntuación en el examen de cálculo diferencial, sino que el prototipo presentado para la purificación de agua residual mediante energía solar fue evaluado con calificación perfecta de cien sobre cien.
Héctor acomodó su corbata, mirando hacia los lados con curiosidad para ver qué muchacho de apellido ilustre subiría al estrado.
—Los acreedores a la Medalla de Oro Estatal y a la beca completa de investigación por parte de la Fundación Científica de Zúrich son… los hermanos Gabriel y Mateo Morales.
El teatro estalló en aplausos ensordecedores.
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