
Hice arreglos para que viniera un capellán del hospital y hablé con las enfermeras del turno matutino.
Entre todas cooperaron para transformar la pequeña capilla del hospicio en un rincón lleno de magia: colocaron guirnaldas de margaritas frescas traídas del jardín, encendieron velas de olor a lavanda y pusieron una melodía suave de piano de fondo. Las enfermeras peinaron el cabello blanco de Eleanor con esmero, le colocaron una corona sencilla de flores secas y le abrocharon aquel vestido blanco de encaje que le quedaba como si hubiera sido cosido a su medida.
Cuando empujé suavemente las puertas de la capilla vestido con mi único traje formal oscuro, me quedé sin aliento.
Eleanor estaba sentada en su silla de ruedas decorada con listones blancos. A pesar del oxígeno suplementario, de los moretones en los brazos por las vías intravenosas y de la palidez que el cáncer le había dejado en el rostro, sus ojos azules brillaban con una luz tan pura y juvenil que parecía haber rejuvenecido treinta años en un solo instante.
Caminé hacia ella, me arrodillé a su lado y tomé su mano temblorosa entre las mías.
—Te ves hermosa, Eleanor —le dije con un nudo en la garganta.
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla arrugada, deslizándose sobre su sonrisa.
—Nunca nadie me había mirado así —susurró con la voz entrecortada—. Toda mi vida sentí que era un mueble viejo en una habitación vacía… invisible para todos. Gracias por darme este día, Mateo.
El capellán leyó unas palabras sobre el amor incondicional, la compasión humana y la lealtad que no pide nada a cambio. Cuando llegó el momento, saqué de mi bolsillo un anillo de plata sencillo que había comprado esa misma mañana con mis ahorros de estudiante. Deslicé el aro en su dedo anular y ella colocó otro igual en mi mano.
—Hasta que la eternidad nos vuelva a reunir —le dije, dándole un beso suave en la frente.
Continúa en la página siguiente