
A la mañana siguiente, Fiona consiguió identificar al administrador de Silver Oak Investments. Era un hombre llamado Marcus Bell.
Cuando vi su fotografía, sentí que el corazón se me detenía. Conocía aquel rostro. Lo había visto muchas veces, pero no recientemente, sino treinta años atrás.
Marcus había trabajado conmigo en una firma contable. Había sido despedido después de una investigación por desvío de fondos. Yo había descubierto las irregularidades y él nunca me lo había perdonado.
—Fiona —pregunté lentamente—, ¿cuánto dinero ha recibido esta empresa?
Ella revisó el informe.
—Aproximadamente seiscientos mil dólares.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿De dónde salió?
Fiona levantó la mirada.
—Parte procede de los préstamos que parecen haber sido solicitados con tu identidad.
Esa tarde recibí un sobre sin remitente. Dentro había una fotografía antigua que mostraba a mi difunta esposa, Margaret, junto a Marcus Bell. Estaban frente a un edificio que reconocí inmediatamente: la antigua oficina donde trabajábamos.
En el reverso aparecía una fecha: tres meses antes de la muerte de Margaret. Y una frase escrita a mano:
«Albert, tu esposa sabía la verdad».
Me quedé sentado durante varios minutos. Margaret había fallecido seis años atrás; siempre había creído que su muerte se debió a una enfermedad repentina. Pero aquella fotografía despertó preguntas que nunca me había atrevido a formular.
Entonces sonó mi teléfono. Era Logan. Su voz estaba llena de pánico.
—Papá, Chelsea desapareció.
Me levanté inmediatamente.
—¿Qué quieres decir?
—Dejó su teléfono, su automóvil y una nota.
—¿Qué dice?
Logan comenzó a llorar.
—Dice que si queremos volver a verla, debemos preguntarte qué ocurrió con Marcus Bell hace treinta años.
Sentí que las piernas me fallaban. Antes de que pudiera responder, llegó un mensaje de un número desconocido. Era una fotografía tomada aquella misma mañana. Chelsea estaba sentada en una habitación desconocida, aterrorizada. Junto a ella había un hombre de cabello gris: Marcus Bell.
Debajo aparecía un mensaje:
«Albert, durante treinta años has creído que arruinaste mi vida. Ahora descubrirás quién arruinó realmente la tuya».
Y después llegó una segunda fotografía. Mostraba un documento firmado por Margaret, mi esposa. El título decía:
«Acuerdo confidencial de transferencia patrimonial».
La cantidad indicada era exactamente de ochocientos mil dólares: la misma suma que yo había ahorrado durante toda mi vida. Y debajo de la firma de Margaret aparecía otra: la de Logan, fechada cuando mi hijo tenía apenas dieciséis años.
Me quedé mirando aquella página, comprendiendo que mis ahorros, la desaparición de Chelsea y la muerte de Margaret estaban entrelazados por un secreto que llevaba décadas enterrado.