PARTE 2: La protección tenía un precio


..el respaldo de la silla de madera. Todo lo que constituía mi vida modesta, pacífica y anónima parecía a punto de desmoronarse en una sola noche.

—Chloe, no hay tiempo para empacar —dijo Dominic con un tono que no admitía réplica. Me tomó de la mano y sus dedos, firmes y sorprendentemente cálidos, cerraron mi puño sobre las llaves—. Solo toma lo indispensable. Lo que no puedas reemplazar jamás.

Caminé hacia la cómoda como en un trance. Tomé el retrato de mi madre en su marco plateado y la pequeña caja de música de madera de nogal que ella me había dejado antes de morir de neumonía tres años atrás. Pasé la bufanda por mi cuello; su tenue aroma a lavanda fue lo único que evitó que mis piernas colapsaran por el pánico.

En el pasillo del edificio, dos hombres vestidos de negro con impermeables oscuros vigilaban las escaleras de emergencia. En el suelo, junto al marco roto de la puerta de servicio, vi manchas frescas de sangre y un arma corta tirada junto a la pared.

—El vehículo está en el callejón, Don Dominic —susurró uno de los guardias, con el radio transmisor zumbando en su oído—. Cortaron las luces del circuito este. Sabían a qué piso venían.

Dominic me cubrió con su propio saco largo, protegiéndome de la lluvia torrencial que caía a cántaros mientras cruzábamos a toda prisa la salida trasera. Apenas me metió en el asiento de cuero de una camioneta blindada, los motores rugieron y salimos a toda velocidad entre los callejones oscuros de la ciudad, dejando atrás mi vida entera en cuestión de tres minutos.

Me abracé a la caja de madera, sintiendo el frío calarme los huesos.

—¿Por qué dijiste que no tenía razones para saber mi dirección? —le pregunté a Dominic, clavando mis ojos en su perfil duro, iluminado a intervalos por los relámpagos que cruzaban el parabrisas—. Nos conocimos hace apenas un mes en la galería de restauración. Dijiste que solo querías que restaurara un cuadro antiguo de tu familia. ¿Por qué hay hombres armados entrando a mi casa?

Dominic permaneció en silencio durante varios kilómetros. Sus ojos grises, profundos y gélidos, vigilaban los espejos retrovisores con una concentración letal. Su mano derecha descansaba sobre el pomo de la puerta, donde se asomaba la culata de un arma personalizada con el escudo de los Romano.

Finalmente, soltó un suspiro largo y se giró hacia mí.

—Te mentí, Chloe.

Sentí una puñalada helada en el pecho.

—¿Me mentiste?

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