Con una navaja de bolsillo, Dominic levantó una moldura invisible en la base del mecanismo de cuerda. La madera falsa cedió con un chasquido seco. De su interior cayó sobre el escritorio de cristal un anillo de oro macizo con un zafiro azul tallado con un halcón en pleno vuelo, y debajo, un sobre lacrado con cera roja quebradiza.

Me quedé sin respiración.

—Ese anillo… —murmuró Dominic con una reverencia casi sagrada en la voz—. Es el sello mayor de la dinastía Falcone. Solo existían dos: uno lo llevaba Lorenzo. El otro desapareció la noche en que la única hermana de Lorenzo, Sofia Falcone, huyó de Chicago tras el asesinato de su prometido.

Me llevé las manos a la boca, tambaleándome hacia atrás.

—Mi madre se llamaba Elena Torres…

—Elena Torres fue la identidad falsa que mi propio padre, Vicente Romano, le consiguió a Sofia Falcone para salvarle la vida cuando su propio hermano Lorenzo intentó quemar la hacienda familiar para quedarse con el control absoluto de las navieras y los puertos —explicó Dominic, rompiendo el sello de cera con cuidado—. Tu madre estaba embarazada cuando escapó. Tú eres la primogénita legítima de la línea de sangre Falcone, Chloe. La dueña del cincuenta y uno por ciento de las acciones del consorcio que Lorenzo lleva dos décadas usurpando con sangre y sobornos.

Las piernas me fallaron y caí sentada en un sillón de terciopelo. Todo mi pasado, las noches en que mi madre lloraba en silencio junto a la ventana mirando hacia la nada, las constantes mudanzas de pueblo en pueblo cuando yo era niña, su obsesión enfermiza con no salir en fotografías ni abrir cuentas bancarias… todo encajaba de golpe en un rompecabezas atroz.

—Si tú lo sabías… ¿por qué te acercaste a mí? —le recriminé con lágrimas de rabia corriendo por mis mejillas—. ¿Para usarme? ¿Para quitarle los puertos a tu rival?

Dominic dio dos pasos largos hacia mí, se arrodilló frente a mi asiento hasta que su mirada quedó a la misma altura que la mía y tomó mis manos heladas entre las suyas. Su toque no era el de un Don de la mafia implacable; era el de un hombre cargando una penitencia insoportable.

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