—Me acerqué porque hace seis meses mi padre murió en un hospital. En su último aliento, me hizo jurar sobre su memoria que buscaría a la hija de Sofia. Me dijo: «Dominic, yo no pude salvar a Sofia del exilio, pero tú tienes la obligación de no dejar que los lobos devoren a su hija cuando descubran su rastro».

Hizo una pausa, apretando mis dedos.

—Hace dos semanas, los abogados corruptos de Lorenzo encontraron una pista en el registro civil del condado. Supieron que Elena Torres había muerto en tu dirección y que tú estabas viva. Si no hubiera estado parado en tu cocina esta noche, Chloe… en este momento estarías en el fondo del río para que nadie pudiera reclamar el testamento original.

En ese instante, tres golpes secos retumbaron en la puerta de la biblioteca.

—Pasa —ordenó Dominic sin soltarme las manos.

Su segundo al mando, Marco, entró con el rostro tenso y un teléfono satelital en la mano.

—Señor… Lorenzo Falcone está en la línea segura. Sabe que Chloe está en la finca. Acaba de lanzar un ultimátum: o le entrega a la muchacha antes de la medianoche, o traerá a todos sus hombres armados a sitiar la colina. Dice que un forastero no tiene derecho a meterse en los asuntos de sangre de su familia.

Dominic se puso de pie despacio.

Toda la vulnerabilidad que me había mostrado desapareció en una fracción de segundo, reemplazada por una frialdad tan salvaje y letal que el aire de la habitación pareció volverse de plomo. Se abotonó el saco oscuro, tomó el teléfono de manos de Marco y presionó el altavoz.

—Habla, Lorenzo —dijo Dominic con voz de hielo.

Al otro lado se escuchó la risa seca y carrasposa de un anciano acostumbrado a no recibir órdenes de nadie:

—Dominic, muchacho insensato… devuélveme a esa bastarda. No te metas en guerras que no te corresponden. Esa niña no es nadie; solo es el error que mi hermana dejó en este mundo antes de podrirse en la miseria. Dame a la chica y firmamos la paz territorial de la costa por los próximos diez años.

Dominic bajó la mirada hacia mí. Vio el anillo de mi madre brillando en el escritorio, vio el retrato en el marco de plata y vio las lágrimas de dolor que me quemaban el rostro.

Luego acercó el teléfono a sus labios y respondió con una serenidad que helaba la sangre:

—Te equivocas en dos cosas, Lorenzo. Primero: no es ninguna bastarda. Es Chloe Falcone, heredera legítima de cada centímetro de tierra y cada muelle sobre el que estás parado. Y segundo: este territorio ya no te pertenece a ti ni a tus sicarios. A partir de esta noche, Chloe está bajo el juramento de protección absoluta de la familia Romano. Y si te atreves a mandar a uno solo de tus perros a cruzar la reja de mi finca… no solo vas a perder la guerra, Lorenzo. Voy a ir personalmente a tu despacho a arrancarte el apellido de la garganta.

Dominic cortó la llamada y estrelló el aparato contra la pared de piedra, haciéndolo pedazos.

Se volvió hacia Marco con una orden demoledora:

—Cierra el perímetro. Llama a los capitanes del norte. Despliega a los francotiradores en los accesos y que nadie dispare sin mi señal. Esta noche se termina la tiranía de los Falcone.

Marco se cuadró militarmente y salió a toda prisa de la estancia.

El silencio volvió a caer sobre la biblioteca, roto únicamente por el crujido de la leña en la chimenea. Dominic caminó hacia el escritorio, tomó el anillo de oro y zafiro de mi madre y se acercó a mí una vez más.

Me miró a los ojos, con una devoción oscura y protectora que me sacudió hasta el alma.

—Tu madre pasó la vida corriendo para que tú fueras libre, Chloe —me susurró, extendiendo el anillo frente a mí—. Pero ya se acabaron los escondites. A partir de hoy, nadie va a volver a hacerte agachar la cabeza.

Tomé el anillo con mi mano temblorosa y lo deslicé en mi dedo. Encajó a la perfección, como si hubiera estado esperando ese momento durante veinticinco años. Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano, levanté la barbilla y miré hacia el ventanal, donde los relámpagos iluminaban la tormenta que se acercaba por el valle.

El miedo no desapareció, pero en su lugar nació una determinación de acero que jamás creí poseer: si mi madre había sobrevivido al exilio para mantenerme con vida, yo no iba a permitir que su sacrificio muriera en el olvido. La guerra había llegado a mi puerta, pero esta vez, no estaba sola.

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