
Mi hermano frunció el ceño.
—¿De qué está hablando? El testamento ya se leyó y la casa es mía.
—Efectivamente, joven —respondió el notario con una calma demoledora—. La casa es suya. Pero su abuelo me dejó una segunda disposición sellada con una condición irrevocable: «El día que me entierren, si mi nieta Clara demuestra con su dolor que su presencia nunca fue por interés económico, entréguele este sobre frente a toda la familia».
Don Mateo sacó un sobre grueso de papel manila, lacrado con cera roja, y me lo puso en las manos.
Con los dedos temblando, rompí el sello. Dentro había dos documentos oficiales y una carta escrita con la letra temblorosa pero firme de mi abuelo Anselmo:
«Mi querida Clara, mi niña de los jueves:
Si estás leyendo esto, es porque ya sentiste la amargura de creer que te olvidé. Perdóname por este trago amargo, pero era la única manera de protegerte de la voracidad de tu familia.
Hace dos años, tu hermano Álvaro vino a visitarme. No vino a saber cómo estaba mi corazón; vino con un abogado para intentar declararme incapacitado y quedarse con mis propiedades antes de que yo muriera. Me amenazó con meterme a un asilo si no le firmaba la casa. En ese instante comprendí el veneno que cargaba en el alma.
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