Despojado por completo del poder que ostentó durante más de una década, el líder venezolano permanece recluido bajo un régimen penitenciario de máxima seguridad. Atrás quedaron las escoltas blindadas y los discursos televisados; hoy pasa sus días en una celda de concreto, aislado del resto de los internos, bajo estricta vigilancia las veinticuatro horas y con salidas al patio restringidas a unos pocos minutos al día.
En el tribunal, custodiado por agentes federales y visiblemente demacrado, Maduro enfrenta acusaciones formales por conspiración, narcotráfico a gran escala y crímenes de lesa humanidad ante jueces internacionales. Mientras su equipo legal alega persecución política e intenta frenar el avance del proceso, la fiscalía presenta un arsenal de testimonios de víctimas y registros financieros confidenciales. El juicio avanza a puerta cerrada entre un operativo sin precedentes, marcando el capítulo final de un régimen y sellando uno de los procesos penales más vigilados en la historia moderna.