
segundos en responder.
—Porque tu padre tenía miedo de lo que ocurriría si descubrías la verdad.
Sentí un escalofrío.
—¿Miedo de quién?
Antes de que pudiera contestar, escuché un automóvil detenerse frente a la casa.
Los faros iluminaron el jardín y después se apagaron.
Era mi hermano Daniel.
Había venido todas las noches desde la muerte de Frank para ayudarme con los documentos de la herencia. Sin embargo, aquella noche su llegada no me produjo el alivio habitual.
Daniel bajó del automóvil con su abrigo oscuro y una carpeta bajo el brazo. Caminó hacia el porche, pero se detuvo en seco cuando vio a la mujer.
Su rostro cambió inmediatamente.
La carpeta resbaló de sus dedos y cayó al suelo.
—Dios mío… —murmuró.
Miró a la desconocida, después me miró a mí y finalmente volvió a mirarla.
—Mamá.
La palabra me atravesó el pecho.
Me