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Una familia estaba llena de dolor después de que su bebé naciera sin vida, tras 18 horas de trabajo de parto agotador. Los médicos no detectaron signos vitales, y durante media hora intentaron reanimar al pequeño sin éxito. Lo envolvieron en una manta azul, el símbolo de esperanzas que se habían tejido durante meses.
Frente a ellos estaba Jacob, su hijo mayor, de siete años, listo para asumir su nuevo rol. Le permitieron sostener al recién nacido para despedirse, y entre lágrimas prometió enseñarle a andar en bicicleta y perseguir luciérnagas. Entonces, en el silencio que lo parecía absoluto, ocurrió lo impensable: el bebé, llamado Benjamin, dio un grito fuerte و desesperado. Respiró.
Inmediatamente, el equipo médico corrió para estabilizarlo: oxígeno, monitores, vigilancia constante. Aunque los próximos días serían críticos, la familia sostuvo la fe. Jacob cree que su voz lo hizo despertar; sus padres ven ahora en Benjamin un milagro que casi pierden. En ese estremecedor llanto encontraron prueba de que el amor y la esperanza pueden irrumpir incluso en el momento más oscuro.