
—Pero estás vivo… ¿Cómo es posible? —pregunté, tocando su mano casi sin darme cuenta, necesitando confirmar de nuevo que no era un sueño.
—La paramédica que llegó en la ambulancia —Karl me miró fijamente por primera vez, y vi la culpa grabada en cada línea de su rostro—. Ella no era una paramédica cualquiera. Era una antigua aliada de un socio de mi padre que decidió salirse del negocio hace años. Ella reconoció los síntomas del veneno de inmediato. Sabiendo lo que significaba, utilizó un fármaco experimental que contrarrestaba los efectos antes de que el daño cerebral fuera irreversible. En la ambulancia, fingió mi muerte ante el resto del personal. Me llevaron a una clínica privada clandestina, no al hospital general. El cuerpo que estaba en el ataúd… era un maniquí de silicona médica de alta densidad, diseñado para velorios cerrados. Mi familia pagó para que el ataúd no se abriera bajo el pretexto de una autopsia estatal que nunca se realizó.
Me llevé las manos a la cabeza, sintiendo que el mundo se distorsionaba. Todo lo que había vivido la última semana, el dolor desgarrador, las noches en vela llorando sobre su almohada, las llamadas de condolencia… todo había sido una elaborada puesta en escena para salvarle la vida. Y ahora, yo estaba metida en el mismo vórtice de peligro.
—¿Y por qué me dejas saber esto ahora? —le reproché, sintiendo una punzada de dolor mezclada con el amor que aún le profesaba—. Podrías haber seguido huyendo. Podrías haberme dejado vivir mi duelo en paz.
—Porque se enteraron de que el ataúd estaba vacío, Alisha —dijo Karl, y la gravedad de su tono me hizo congelar—. Alguien dentro de la funeraria habló. Mi padre sabe que sigo vivo, y sabe que tú eres la única pista que tienen para encontrarme. Estaban vigilando la casa. Ayer vi a dos hombres en un auto negro estacionado al final de la calle. En cuanto preparaste esa mochila y saliste hacia la estación de autobuses, supe que era mi única oportunidad para sacarte de allí antes de que te interrogaran. Si te encontraban sola, te habrían utilizado como carnada. O algo peor.
El autobús comenzó a frenar de forma lenta, deteniéndose en una estación solitaria en medio de la carretera oscura, rodeada de campos vacíos y árboles cuyas siluetas parecían garras bajo la luz de la luna. El chofer anunció una parada de descanso de quince minutos.
Karl se levantó ligeramente, ajustándose la mochila que llevaba al hombro, y me extendió la mano.
—No podemos quedarnos en este autobús hasta la terminal —dijo, mirando hacia la puerta de salida—. Hay un auto esperándonos a unos metros de esta estación. Es nuestra única oportunidad de desaparecer de verdad. Esta vez, juntos. Pero si decides bajarte aquí y volver, lo entenderé. Estarás bajo protección policial, aunque no sé si eso bastará para detener a mi familia.
Miré su mano extendida. Era la misma mano que había sostenido la mía mientras intercambiábamos votos matrimoniales hace una semana, la misma mano del hombre que había jurado amarme en la salud y en la enfermedad. El peligro era real, la mentira había sido enorme, pero el amor y el instinto de supervivencia eran más fuertes.
Me levanté del asiento, colgué mi mochila en la espalda y tomé su mano con firmeza. Salimos del autobús juntos, caminando a paso rápido hacia la oscuridad de la noche, listos para desenterrar el pasado y construir un futuro desde las cenizas.