
Me detuve junto a la acera y miré el tráfico con calma.
Como si estuviera esperando un autobús.
Pero en realidad, estaba contando.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Siete.
Un auto negro se detuvo frente a mí.
La ventanilla bajó lentamente.
Detrás del volante apareció un hombre con lentes oscuros.
Mi hermano mayor.
Sebastián Monroe.
Su mandíbula estaba tensa.
Cuando vio mi ropa, mis manos vacías y mis pies en zapatillas de casa, su mirada se oscureció.
—Sube.
Abrí la puerta y me senté en el asiento del copiloto.
El aire acondicionado estaba frío.
Mis brazos se llenaron de piel de gallina.
Sebastián no arrancó de inmediato.
Se quitó los lentes y me miró.
—¿Te dejó salir así?
Su voz estaba baja.
Pero temblaba de rabia.
Me abroché el cinturón.
—Sí.
—¿Dónde está tu teléfono?
—Se lo quedó.
—¿Tu cartera? ¿Tus llaves? ¿Tus documentos?
Miré por la ventana.
—No los traje.
—¿Por qué?
—Dijo que nada de la casa Keller podía salir conmigo.
Sebastián golpeó el volante.
El claxon sonó fuerte.
Varios autos cercanos se detuvieron.
—Maldito desgraciado.
Abrió la puerta, dispuesto a bajar.
—Voy a volver y le voy a romper la cara.
—Sebastián.
Mi voz lo detuvo.
—No vayas.
—¿Cómo que no vaya? ¿Quién se cree que es para humillarte así?
Lo miré.
Mis ojos estaban secos.
—Tengo hambre.
Él se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—¿Podemos ir a comer primero?
Todo el enojo de mi hermano pareció romperse en su garganta.
Me miró durante varios segundos.
Luego cerró la puerta.
Arrancó el auto.
—¿Qué quieres comer?
—La sopa de wonton de la calle vieja… ¿todavía existe?
Sebastián se quedó callado un instante.
Después asintió.
—Sí. El dueño sigue siendo el mismo.
—Entonces quiero wonton.
Cerré los ojos.
Por fuera, parecía tranquila.
Por dentro, solo pensaba una cosa.
Adrián Keller me había echado sin dejarme llevar nada.
Pero no sabía que, desde hacía meses, todo lo que realmente importaba…
ya lo había sacado de esa casa.
El armario estaba vacío, la caja fuerte también… y mi esposo entendió que no me había echado: yo ya me había ido
La sopa de wonton seguía sabiendo igual.
Caldo claro.
Cebollín fresco.
La masa fina rompiéndose apenas entre los dientes.
Un sabor sencillo, caliente, profundamente familiar.
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