
La compensación que me ofreció fue enorme.
No la necesitaba.
Pero la acepté.
No por ambición.
Sino porque las mujeres debemos dejar de demostrar dignidad rechazando lo que nos corresponde.
El día de la firma, Adrián llegó con traje oscuro.
Parecía cansado.
Más delgado.
Menos brillante.
Yo llevaba un vestido azul sencillo y el broche de mi madre.
Cuando me vio, sus ojos se detuvieron en el broche.
—Ese no lo conocía.
—Hay muchas cosas de mí que no conoces.
Firmamos.
El bolígrafo se deslizó sobre el papel sin temblar.
Elena Monroe.
Mi nombre.
Completo.
Libre.
Después de firmar, Adrián me siguió hasta el pasillo.
—Elena.
Me detuve.
—¿Qué?
—¿Alguna vez me amaste?
La pregunta llegó tarde.
Tan tarde que casi no dolió.
—Sí.
Su rostro se contrajo.
—Entonces ¿cómo pudiste irte tan fácil?
Lo miré con calma.
—No fue fácil. Solo lo viste cuando ya había terminado.
Él bajó la cabeza.
—No pensé que fueras tan fuerte.
—Ese fue tu error. Creíste que mi silencio era debilidad.
Adrián respiró hondo.
—¿Hay alguna posibilidad de que un día me perdones?
Pensé en ello.
No porque dudara.
Sino porque quería responder sin rabia.
—Tal vez algún día deje de recordar tu voz gritándome que me fuera sin nada. Pero eso no significa que puedas volver a entrar en mi vida.
Asintió lentamente.
—¿Y si hubiera corrido detrás de ti aquel día?
—No lo hiciste.
—Pero si lo hubiera hecho…
—Adrián, la vida no se repara con versiones imaginarias de un hombre que nunca fuiste.
No dijo nada.
Yo continué caminando.
Al salir del edificio, Sebastián me esperaba junto al auto.
El mismo auto negro.
La misma puerta del copiloto.
Pero esta vez yo no llevaba ropa de dormir ni zapatillas.
Llevaba mi bolso.
Mi teléfono.
Mis documentos.
Mis llaves.
Continúa en la página siguiente