En la oficina del condado, una trabajadora social me advirtió que diez niños eran demasiados para una sola persona. Aun así, firmé los papeles de la tutela. Las adopciones tardaron años, pero en mi corazón, ese día se convirtieron en míos. Los primeros años casi me destrozan. Trabajaba en un almacén de telas durante el día y cosía uniformes por la noche. Los niños ayudaban en lo que podían. Amanda cocinaba, Derrick arreglaba cosas, Sue se encargaba de la lavandería y los gemelos se peleaban por las tareas.

Nunca volví a tener pareja. Cada vez que un hombre oía hablar de “diez hijos”, desaparecía. Pero no me arrepentí de mi decisión. Con los años, los niños crecieron. Se convirtieron en enfermeros, maestros, ingenieros, empresarios y ayudantes. Pasaron treinta años y, cada sábado, volvían a casa con sus propios hijos, llenando la casa de ruido, comida y amor.

PARTE 3
Un sábado, un hombre con traje gris llamó a mi puerta. Se presentó como el Sr. Johnson, abogado de Robert, y me entregó un sobre con mi nombre escrito con la letra de Robert. Dijo que Robert le había pedido que me lo entregara exactamente treinta años después de su desaparición.

Dentro había una carta que lo explicaba todo. Robert había estado gravemente enfermo antes de la boda. Los médicos le habían dicho que tal vez solo le quedaban unos meses de vida. Se marchó porque no soportaba casarse conmigo, convertirme en viuda, dejarme con diez hijos desconsolados y ahogarnos en deudas médicas.

El tratamiento, inesperadamente, funcionó. Dos años después, Robert regresó una vez y pasó en coche por delante de la casa. Vio a los niños sanos y salvos, estables, llamándome mamá. Creía que volver solo reabriría heridas y causaría confusión, así que se marchó de nuevo.
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