—Mi abogado ya tiene todo.

Daniel se puso rígido.

—¿Abogado?

—Voy a demandarte por fraude, falsificación y venta indebida de propiedad vinculada a mis documentos. También voy a revisar cada transferencia que hice durante estos años.

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Ethan se acercó a su padre.

—Papá…

Por primera vez, mi hijo parecía asustado.

No por mí.

Por el dinero.

Daniel perdió el control.

—¡Tú no eres nadie sin mí!

Lo miré de arriba abajo.

Aquel hombre que un día me pareció fuerte ahora se veía pequeño. Desesperado. Patético.

—Eso pensé durante mucho tiempo —le dije—. Por eso aguanté. Pero resulta que sin ti tengo una casa, dinero, salud, libertad y paz. Tú, en cambio, sin mí no tienes ni matrimonio, ni herencia, ni compensación, ni mujer que te cuide a tus padres.

La puerta se abrió de golpe.

Era Bella.

Venía vestida con un abrigo claro, maquillaje perfecto y una expresión furiosa.

—Daniel, ¿qué significa esto? —preguntó—. ¿Es verdad que no estás casado con ella?

Daniel palideció.

Yo casi me reí.

Por supuesto.

Bella también había venido por el dinero.

—Bella, cariño, puedo explicarlo…

Ella lo abofeteó.

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—Me dijiste que estabas atrapado en un matrimonio infeliz. Me dijiste que ella se negaba a divorciarse. Me dijiste que la compensación iba a ser tuya y que por fin podríamos comprar una casa en la ciudad.

Ethan murmuró:

—Tía Bella…

Bella lo miró con frialdad.

—No me llames así.

El muchacho se quedó helado.

Entonces comprendí algo: la “familia perfecta” de Daniel también estaba hecha de mentiras.

Bella me miró.

—¿Usted sabía lo nuestro?

—Desde hace poco.

—Entonces le deseo suerte —dijo ella, recogiendo su bolso—. A mí también me mintió.

Daniel intentó detenerla, pero Bella se soltó.

—No me busques. Y olvídate de las flores importadas. Ya cancelé la reserva con tu tarjeta.

Cuando ella se fue, el silencio fue delicioso.

Daniel parecía un hombre que acababa de perder dos vidas al mismo tiempo.

Ethan se sentó lentamente.

—Mamá… yo no sabía que papá…

Levanté una mano.

—No.

—Pero soy tu hijo.

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—Lo eres. Y por eso te crié, te alimenté, te eduqué y te cuidé. Pero ser mi hijo no te da derecho a humillarme.

Sus lágrimas cayeron al fin.

—Me equivoqué.

—Sí.

—¿Me perdonas?

Lo miré con una tristeza tranquila.

—Algún día quizá deje de doler. Eso no significa que todo vuelva a ser como antes.

Daniel empezó a suplicar.

Dijo que me amaba. Que estaba confundido. Que Bella lo manipuló. Que Ethan era joven. Que sus padres me necesitaban. Que nadie cuidaría de ellos como yo.

Lo escuché sin interrumpir.

Luego abrí la puerta.

—Váyanse.

Continúa en la página siguiente

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