—Cancélalo.

Sofía lloró más fuerte.

—¿Y yo qué voy a hacer sin dinero?

Diego la miró sin parpadear.

—Lo mismo que hacen millones de personas en México: levantarse temprano y ganárselo.

Doña Carmen se llevó la mano al pecho.

—Me estás matando, Diego. Soy tu madre.

Él señaló hacia arriba.

—Mi esposa está en cama porque ustedes la humillaron, la cansaron y le tiraron sus medicinas. No me hables de muerte, mamá.

En ese momento, se escuchó un golpe en el segundo piso.

Luego otro.

Diego levantó la mirada.

Lucía estaba en la escalera, sujetándose del barandal.

Tenía el rostro blanco.

Sus labios temblaban.

Y un hilo de sangre bajaba por su pierna.

—Diego… —susurró.

Después se desplomó.

Él subió corriendo.

La alcanzó antes de que cayera por completo.

La cargó como si fuera de vidrio.

—¡Abre la puerta! —gritó.

Nadie se movió.

Doña Carmen lloraba.

Brenda repetía “no puede ser”.

Karla estaba paralizada.

Sofía rezaba.

Diego bajó con Lucía en brazos, tomó las llaves y salió sin mirar atrás.

Doña Carmen intentó detenerlo.

—Hijo, por favor, no nos dejes así…

Diego se giró con los ojos llenos de lágrimas.

—Cuando regrese, no quiero verlas en mi casa. Tienen 24 horas.

—Somos tu familia —sollozó su madre.

Diego apretó a Lucía contra su pecho.

—Mi familia está sangrando en mis brazos.

El camino al hospital fue una pesadilla.

Diego manejó por avenidas casi vacías, tocando el claxon, rogando en voz baja.

—Aguanta, mi amor. Aguanta por nuestro bebé.

En urgencias se la llevaron de inmediato.

Los médicos hablaron rápido.

Presión en 180.

Anemia severa.

Riesgo para la madre.

Riesgo para el bebé.

Cesárea de emergencia.
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