Regresé a la habitación donde Maya ya descansaba en una cama articulada, conectada a una vía intravenosa que le suministraba los primeros fluidos de soporte. Aunque seguía pálida, el medicamento para el dolor parecía haberle dado un pequeño respiro, permitiendo que sus párpados se cerraran por fin en un sueño tranquilo. Me senté en el sillón junto a ella, observando el lento subir y bajar de su pecho. La batalla por la salud de mi hija apenas comenzaba, y el ambiente en aquel hospital se sentía como el preludio de una transformación profunda que cambiaría nuestra familia para siempre. C

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