Y esos medicamentos explicaban el vacío en sus ojos, su desapego, su estado casi ausente.

No fue solo la enfermedad.

Fue la medicación.

Julia no durmió esa noche. Pensaba en cada enfermera, en cada orden tácita y en cada mirada inquieta. Y en cada documento aparecía el mismo nombre: el doctor Morrow.

Cuando Richard finalmente revisó los archivos, comprendió la terrible verdad.

A Luna la habían declarado con una enfermedad terminal demasiado pronto. Ese diagnóstico les cerró todas las puertas y les permitió justificar cualquier tratamiento como “la última esperanza”.

Los resultados médicos confirmaron la pesadilla: las dosis no estaban diseñadas para curarla… sino para mantenerla en un estado de deterioro constante.

Luna no se estaba muriendo sola.

Lo estaban debilitando artificialmente.

—Entonces… ¿ella nunca estuvo realmente más allá de la salvación? —preguntó Richard con la voz quebrándose.

La respuesta fue fría y devastadora:

“No. Ella nunca murió como le hicieron creer”.

Alguien trató a Luna como si fuera un experimento. Como si fuera una estadística más.

Y casi se salen con la suya.

Lo peor fue descubrir lo fácil que era convencer a todo el mundo de que no hicieran preguntas.

Ese silencio… esa confianza ciega… casi le cuesta la vida a una niña. Cuidado del recién nacido

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