
La mujer terminó de pagar su pan y se giró lentamente. Tenía unos 25 años, el cabello castaño recogido en un peinado desenfadado y unos ojos expresivos que se iluminaron de inmediato al ver a mi hijo.
—¡Hola, campeón! —dijo ella con una sonrisa enorme y natural, acercándose al carrito.
Leo agitó la mano emocionado, sin notar la tormenta que estaba ocurriendo dentro de mi cabeza.
—¡Hola, Mariana! —respondió él con toda la inocencia del mundo.
Un frío helado me recorrió la espalda. Se sabían los nombres. Él la conocía perfectamente.
—¿Mariana? —logré articular, con la voz tan apretada que casi no sonó como la mía.
La chica me miró, y su sonrisa disminuyó un poco al notar mi rostro completamente pálido y las manos que me temblaban sobre el carrito.
—Ah, hola… usted debe ser la mamá de Leo —dijo ella, extendiendo la mano de forma educada—. Soy Mariana.
No le estreché la mano. La rabia y el pánico estaban nublando mi juicio por completo.
—¿Qué haces en mi casa cuando yo no estoy? —le pregunté sin rodeos, bajando la voz para no armar un espectáculo en medio de los pasillos, pero con un tono que transmitía todo mi peligro.
Mariana se quedó helada. Parpadeó varias veces, confundida, mirando a Leo y luego a mí.
—¿Disculpe? Creo que hay un malentendido…
—Mi hijo acaba de decir que juegas en mi habitación cuando estoy en el trabajo —interrumpí, acercándome un paso más—. Mi esposo trabaja desde casa los martes. Así que dime de una vez qué está pasando antes de que llame a la policía o arme una escena aquí mismo.
En ese momento, la expresión de Mariana cambió de la sorpresa a algo mucho más oscuro: culpabilidad y nerviosismo. Miró hacia la salida del supermercado como si quisiera salir corriendo, apretó su bolso contra el pecho y dio un paso atrás.
—Señora… yo creo que esto debería hablarlo directamente con su esposo —susurró, con la voz temblorosa.
Y sin decir una sola palabra más, dio media vuelta y caminó a paso apresurado hacia las puertas automáticas, dejándome parada en medio del pasillo con el corazón latiendo desbocado en mi pecho.
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