Ninguno de sus hijos quiso recogerlo del hospital: uno esperaba un camión, otra mintió sobre la fiebre de su hijo y mi esposo dijo que estaba trabajando

PARTE 2

Apagué el motor.

—No aceptaré nada hasta saber por qué.

Don Ernesto llamó al licenciado Javier Salgado y puso el altavoz. El abogado confirmó que llevaba doce días preparando una donación con reserva de usufructo vitalicio. Mi suegro conservaría su casa, las rentas, la administración y el derecho de revocar cualquier operación irregular. Yo no podría vender ni hipotecar sin su autorización.

—¿Por qué yo? —pregunté al llegar a la notaría.

—Porque mis hijos ya recibieron ayuda —respondió—. A Mauricio le di dinero y un terreno para su negocio. A Claudia le pagué gran parte de su departamento. A Daniel le di el enganche de nuestra casa. Pero todavía ven lo mío como una caja de emergencia.

Luego reveló lo que había ocurrido en el hospital. Seis días antes, Mauricio le llevó un supuesto poder para cobrar las rentas. Don Ernesto, acostumbrado a revisar contratos, se negó a firmar sin leer. El documento también autorizaba a pedir créditos, hipotecar bienes y vender propiedades en su nombre.

—Cuando le dije que no, me llamó viejo paranoico —contó.

Claudia tampoco había preguntado por su salud. Quería saber dónde estaban las escrituras. Su esposo había metido dinero en el negocio de Mauricio y esperaba recuperarlo cuando hipotecaran las bodegas. Daniel conocía esas intenciones, pero prefería no enfrentarse a sus hermanos.

La notaria Verónica entrevistó a don Ernesto a solas. Comprobó la fecha, su diagnóstico, los nombres de sus hijos y el patrimonio que ya había repartido. Después revisó conmigo cada cláusula. Pedí que las rentas siguieran entrando únicamente a la cuenta de mi suegro y que cualquier reparación quedara documentada. No quería su dinero; quería que nadie pudiera despojarlo.

Firmamos la casa, la carpintería y las bodegas. Pero al abrir la carpeta del terreno industrial, faltaba la escritura original.

Don Chucho, amigo de mi suegro, palideció.

—La saqué de la caja fuerte antes de que te internaran. La copia estaba, pero el original ya no.

—¿Quién tuvo mis llaves? —preguntó don Ernesto.

—Mauricio.

En ese instante sonó el teléfono del abogado. Un hombre llamado Rogelio afirmaba haber entregado dos millones cuatrocientos mil pesos como anticipo por ese terreno. Tenía un contrato con la supuesta firma de don Ernesto.

Mi suegro se puso blanco.

—Yo nunca he vendido esa propiedad.

Esa misma tarde citó a toda la familia en casa de don Chucho. Mauricio llegó gritando que yo había manipulado a un anciano recién hospitalizado. Claudia me llamó oportunista. Daniel, en lugar de defenderme, me pidió que renunciara “temporalmente” para evitar un escándalo.

Entonces Rogelio entró con el contrato, comprobantes bancarios y un audio donde Mauricio decía: “Mi papá ya aceptó; solo falta que salga del hospital para ratificar”.

Don Ernesto comparó la firma.

—Es falsa.

Mauricio perdió el color. Daniel confesó que meses antes le había enviado a su hermano los archivos escaneados del INE y de la escritura para un supuesto estudio bancario, sin pedir permiso.

Yo creí que aquello era lo peor, hasta que el abogado recibió un video publicado en los grupos de Facebook del pueblo. Mostraba a don Ernesto confundido en una cama, llamando a la enfermera por el nombre de su esposa fallecida. Sobre las imágenes decía: “Nuera chilanga se aprovecha de un anciano senil para robarle veintiocho millones”.

En menos de una hora, mi nombre estaba en boca de todo Querétaro.

Y todavía faltaba descubrir quién había grabado aquel video y por qué…
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