
—Dile a tu mamá que prepare mole, carnitas, arroz, ensalada, café frío y fruta bonita, porque este mes llevaré mi club de señoras a la quinta de mi hijo.
Me quedé con una mano llena de tierra y la otra sosteniendo el celular, mirando las lechugas que acababa de trasplantar en el huerto de mi mamá.
—Doña Gloria, esta no es la quinta de su hijo —respondí—. Es la casa de mi mamá.
—Ay, Mariana, no seas tan pesada. Si mi hijo vive ahí, es casa de mi hijo. Y si es casa de mi hijo, también puedo presumirla tantito. Ya les dije a mis amigas que Esteban compró una propiedad enorme con jardín y terraza, así que no me hagas quedar mal.
Colgó sin esperar respuesta.
Me quedé inmóvil unos segundos. Luego miré la casa de dos pisos, las bugambilias, los árboles de limón y la banca donde mi mamá, doña Rosa, tomaba café cada tarde desde que mi papá murió. Esa casa no era de Esteban. No era de mi suegra. Era el único lugar que mi mamá había cuidado por 30 años con sus propias manos.
Esteban y yo nos mudamos ahí 4 meses antes. Vendimos nuestro departamento en Toluca porque mi mamá ya no podía sola con tanto terreno. El dinero de la venta lo usamos para arreglar techos, baños y una parte de la cocina; lo demás quedó guardado para nuestra vejez. Esteban fue quien propuso la mudanza.
—Tu mamá no debe cargar bultos ni subirse a podar —me dijo—. Además, siempre quise tener huerto.
Y era verdad. Salía de trabajar, se quitaba la corbata y se ponía botas como niño feliz. Mi mamá lo adoraba.
Pero doña Gloria escuchó “casa grande” y su imaginación hizo el resto. Primero dijo que yo había arrastrado a su hijo a vivir “de arrimado”. Luego, cuando vio fotos del jardín por una prima chismosa, empezó a presumir que Esteban había comprado una quinta.
Esa noche, durante la cena, solté la bomba.
—Tu mamá quiere traer a su club de señoras el sábado.
Esteban casi se atraganta.
—¿A la casa de tu mamá?
—Dice que es la quinta de su hijo. Y que mi mamá prepare comida “de altura”.
Mi mamá dejó la cuchara sobre el plato.
—¿De altura?
—Mole, carnitas, arroz, ensalada, café frío y fruta. Y seguro Vanessa va a llamar para agregar más cosas.
Como si la hubiera invocado, mi celular sonó. Era Vanessa, mi cuñada.
—Mariana, ya me dijo mi mamá lo del sábado. Mira, sus amigas son de paladar fino. Nada de comida sencilla, ¿eh? Si haces barbacoa, que sea de hoyo. Si hay salsas, que sean tatemadas. Y las verduras, orgánicas. No vayas a sacar cosas de súper.
—Claro —dije, mirando las lechugas llenas de tierra—. Será una experiencia muy orgánica.
—Ah, y córtales fruta bonita. Mi mamá debe lucirse.
Colgué y Esteban golpeó la mesa con la servilleta.
—Ahora sí le marco y cancelo todo.
—No —dije.
—¿Cómo que no?
—Si cancelas, va a decir que yo te puse contra ella y lo va a repetir 10 años. Mejor que vengan.
Mi mamá me miró con curiosidad.
—¿Y vas a cocinarles como reinas?
—Sí. Pero en esta casa nadie come gratis.
Esteban entendió primero. Una sonrisa lenta le cruzó la cara.
—El huerto de atrás todavía está lleno de hierba.
—Y faltan piedras por sacar —añadió mi mamá, ya divertida—. También hay que lavar los cazos grandes.
—Entonces ya tenemos meseras, jardineras y ayudantes de cocina —dije.
Dos días después, la esposa de mi cuñado quiso apuntarse con sus hijos para “acampar y hacer carne asada”. Le contesté encantada que justo llegarían 80 costales de abono, que los niños podrían cargar piedritas como actividad de naturaleza y que su esposo sería perfecto para moverlos. Canceló en 3 minutos.
El sábado amaneció claro y caluroso. Mi mamá cocinó como para fiesta patronal. Esteban compró guantes, sombreros de palma, botas baratas y pantalones floreados de trabajo. Yo acomodé azadones y cubetas detrás de la bodega.
Al mediodía llegaron tres camionetas brillantes. Doña Gloria bajó con vestido de seda, lentes oscuros y tacones puntiagudos. Detrás venían 8 señoras con bolsas de marca, uñas largas y perfumes que competían con el olor del mole.
—Miren nada más —gritó mi suegra—. ¿A poco no les dije que mi Esteban vive como hacendado?
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Las señoras aplaudieron. Yo sonreí.
No sabían que la mesa estaba servida, sí, pero la cuenta venía con tierra incluida.
PARTE 2
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