
Habían pasado casi dos meses desde aquella noche lluviosa en la que sentí, con una claridad dolorosa, que mi presencia en la casa de mi hija sobraba. Durante ese tiempo, ella me llamó apenas dos veces. La primera, para preguntar si estaba bien. La segunda, para saber si aún guardaba en el garaje el viejo taladro. Le respondí con amabilidad en ambas ocasiones. No le hice reproches, no le dije que la extrañaba, no le pregunté cuándo pensaba invitarme. Simplemente dejé de aferrarme a una vida que ya no me incluía. Horarioy calendarios
El encuentro que lo cambió todo
Un miércoles por la mañana estaba sentado en el parque cuando un hombre de mi edad se acomodó en la banca junto a mí. Se llamaba Mircea, tenía sesenta y siete años y había sido profesor de música. Solía ir casi todos los días al parque con un tablero de ajedrez bajo el brazo.
—¿Usted juega? —me preguntó.
—Muy mal —le respondí.
—Perfecto. Yo también.
Nos reímos. Así comenzó todo.
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