
PARTE 2
Alejandro tomó la carta, la comparó con otros documentos desde su teléfono y ordenó que nadie saliera de la casa hasta aclarar quién había usado su firma. Doña Beatriz no se inmutó. Dijo que había actuado “por el bien de los niños” y que Héctor solo había preparado el trámite para acelerar una decisión que, según ella, Alejandro terminaría agradeciendo.
—Tus hijos están confundiendo a una empleada con su madre —le reprochó—. Valeria jamás habría permitido este desorden.
Aquella frase me dolió más que el despido. Yo nunca había intentado ocupar el lugar de Valeria. Cada tarde llevaba a los niños al retrato que colgaba junto a la escalera principal. Poníamos una flor debajo y, si alguno quería quedarse, nos sentábamos unos minutos. No hablaba de la muerte como un castigo ni les pedía olvidar. Solo quería que entendieran que recordar a su mamá no estaba prohibido.
Alejandro me pidió explicar por qué cada niño tenía rutinas diferentes. Le conté que Mateo necesitaba encargos para dirigir su energía; Santiago debía resolver las cosas por sí mismo antes de aceptar ayuda; Emiliano requería observar en silencio antes de sentirse seguro. Saqué mi libreta: allí estaban sus miedos, sus comidas favoritas, las palabras que usaban cuando extrañaban a Valeria y hasta la música que calmaba a cada uno durante las tormentas.
Héctor se burló.
—Son apuntes de niñera, señor. No un diagnóstico profesional.
—No —respondió Alejandro—. Son cosas de mis hijos que yo ni siquiera sabía.
El silencio que siguió fue más incómodo que un grito.
Esa noche, Alejandro revisó mi contrato con la agencia. Descubrió que yo no tenía seguro médico completo, que cualquier supervisor podía cambiarme de casa sin previo aviso y que doña Beatriz llevaba semanas solicitando mi reemplazo. También encontró correos donde Héctor modificaba todavía las terapias de los niños sin consultarme, aunque después me responsabilizaba cuando ellos reaccionaban mal.
Yo pensé que eso bastaría para demostrar la injusticia, pero el giro ocurrió cerca de la medianoche.
Alejandro entró por primera vez en meses al dormitorio de Valeria. En una caja guardada sobre el clóset encontró pulseras del hospital, calcetines diminutos y varios cuadernos atados con un listón azul. Uno llevaba escrito: “50 cosas que quiero hacer con nuestros hijos cuando crezcan”.
Nos llamó a la biblioteca. Doña Beatriz llegó pálida. Alejandro abrió el cuaderno frente a todos y me pidió leer la primera página.
La primera línea decía: “Jugar a jalar la cuerda en el jardín”. Debajo, Valeria había añadido: “Los tres niños en un equipo. Alejandro y yo fingiremos perder”.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
Pero había algo más. Entre las páginas apareció un sobre cerrado, dirigido a Alejandro, con una instrucción escrita por Valeria: “Ábrelo si algún día mi madre intenta decidir por nuestros hijos desde el miedo”.
Alejandro rompió el sello, leyó las primeras palabras y levantó la mirada hacia doña Beatriz.
Lo que decía aquella carta iba a cambiar para siempre quién tenía derecho a seguir dentro de esa casa…
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