
Lo miré, pensativa. Una vez amé a alguien, intenté construir una vida sobre ese amor. Me dejó sola, luchando, abandonada.
No amaba a Richard, pero me gustaba. Y él tampoco me había dicho que me amaba. Quizás eso simplificaba las cosas.
—¿De verdad es tan difícil decidir? —preguntó, con voz suave pero tensa.
Dudé. Luego me dije a mí misma que estaba siendo práctica. Que estaba eligiendo lo que una buena madre debería: seguridad por encima de los sueños.
—De acuerdo —dije, extendiendo mi mano—. Sí.
Al principio, todo parecía perfecto.
Richard pasaba tiempo con mis hijos, y a ellos les caía bien.
Un sábado, los llevó de paseo por la tarde. Cuando regresaron, estaban emocionados.
—¡Mamá, conocimos a una señora muy simpática! —dijo Ava.
—Tenía un montón de juguetes —añadió Mason—. ¡Y juegos y rompecabezas!
Miré a Richard.
—Un amigo mío trabaja con niños —dijo con naturalidad—. Pensé que les gustaría.
No lo cuestioné. Ojalá lo hubiera hecho.
Más tarde, empezó a hablar de colegios, privados, con mejores oportunidades.
—Eso podría ser maravilloso para ellos —admití.
—Encontraré el lugar adecuado —dijo—. El dinero no es problema.
Esas palabras se quedaron grabadas en mi mente, reconfortándome más de lo que deberían.
No me di cuenta de lo peligrosos que eran.
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