
Un amor que floreció con la promesa de una vida nueva
Julián y yo llevábamos tres años de casados cuando, después de tanto esperar y de tantas noches abrazados hablando de los nombres que le pondríamos a nuestros hijos, finalmente quedé embarazada. Recuerdo la mañana en que le mostré la prueba en el baño de nuestra casa: él estaba con el cabello alborotado, con esa cara suya de recién despierto, y cuando vio las dos líneas soltó una carcajada tan pura, tan absolutamente feliz, que me hizo llorar sin control. Me abrazó tan fuerte que sentí que me iba a romper, y me susurró al oído que ese sería el mejor año de nuestras vidas.
Los primeros meses fueron como vivir dentro de un sueño. Julián se aprendió de memoria cada semana del embarazo, leía libros a mi vientre por las noches, y comenzó a construir con sus propias manos una cuna de madera en el garaje. Decía que su hija tenía que dormir en algo hecho con amor, no en algo comprado en una tienda. Yo lo miraba trabajar por la ventana, con el sudor corriéndole por la frente y esa sonrisa constante, y pensaba que la vida no podía darme más de lo que ya tenía.
El diagnóstico que quebró nuestro mundo
Nuestra felicidad duró apenas seis meses. Julián empezó a sentirse cansado, más de lo normal. Al principio lo atribuimos al estrés del trabajo y a las noches en vela preparando el cuarto del bebé. Pero cuando comenzó a bajar de peso sin razón, y cuando una tarde se desmayó al bajar las escaleras, insistí en que fuera al médico. Recuerdo el silencio del consultorio, la manera en que el doctor entrelazó las manos sobre el escritorio antes de hablar, y cómo sus palabras cayeron sobre nosotros como una piedra que hunde un barco.
Los médicos le dieron no más de tres meses de vida. Tres meses. Yo tenía seis meses de embarazo. Las cuentas eran crueles y sencillas: probablemente no viviría lo suficiente para conocer a nuestra hija.
Salimos del hospital tomados de la mano, sin hablar, hasta llegar al auto. Ahí me derrumbé. Lloré con una furia que nunca había sentido, golpeando el volante, gritándole a un Dios en el que ni siquiera sabía si creía. Julián no dijo nada. Solo me abrazó, con la barbilla apoyada sobre mi cabeza, y esperó. Cuando por fin me calmé, me limpió las lágrimas con los pulgares y me dijo que teníamos que aprovechar cada minuto, que no íbamos a gastar el tiempo que nos quedaba en llorar por el que no íbamos a tener.
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