
“Si no se paga esta cantidad en un plazo de 24 horas, el tribunal ordenará el cierre del establecimiento.”
El dueño de la tienda permaneció en silencio, incapaz de creer lo que acababa de escuchar.
Entonces el juez miró a su alrededor en la sala del tribunal.
“Y ahora, tengo un anuncio más.”
Todos guardaron silencio.
“Todas las personas presentes en esta sala contribuirán con lo que puedan para ayudar a este niño y a su madre.”
Un hombre que estaba al fondo se puso de pie.
“Pero, Su Señoría, ¿por qué deberíamos ser responsables de su crimen?”
El juez lo miró y respondió:
“Porque un niño hambriento no aparece de la nada. El hambre se crea cuando una sociedad deja de ver a las personas que sufren.”
El hombre bajó la cabeza.
El juez continuó:
“Hoy, este niño robó pan. Mañana, otro niño podría hacer lo mismo. Podemos seguir llenando nuestras cárceles de gente hambrienta, o podemos empezar a llenar sus hogares de comida.”
Nadie dijo una palabra.
Poco a poco, la gente empezó a poner dinero sobre la mesa.
Cinco dólares.
Diez dólares. Veinte dólares.
Incluso el agente de policía que había arrestado al chico colocó dinero junto a la contribución del juez.
El niño no podía parar de llorar.
—No sabía que a la gente le importaría —susurró. El juez lo miró.
“A la gente le importas, hijo. A veces solo hay que recordárselo.”
El dinero recaudado ese día fue suficiente para comprar comida y medicinas para la madre del niño.
Pero el juez no se detuvo ahí.
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