
En el funeral aparecieron los mismos parientes que lo habían acusado. Roberto no le dirigió la palabra, y a Samuel ya no le importó. Días después, el abogado de Susana lo citó y le entregó un sobre. No contenía escrituras, ni cheques, ni herencias. Era una carta. Al final, Susana había escrito:
«Samuel, no te dejé la casa porque me dijiste cien veces que no la querías. Te dejo algo que creo que necesitas más: el permiso para seguir adelante. Ana no te espera en el pasado. Y yo tampoco quiero que me busques allí. Vive.»
Esa noche, a las nueve en punto, Samuel entró por reflejo al cuarto de huéspedes. La cama estaba vacía, la silla de madera aún al lado. Se sentó y, por primera vez en ocho años, no le habló a su hermana muerta. No pidió perdón. No repitió su error. Simplemente permaneció en silencio. Luego se levantó, abrió la ventana y dejó entrar el aire de la noche.
Susana no lo había necesitado por ser un hombre extraordinario, ni él la había cuidado por una casa o por dinero. Eran dos personas solitarias que se encontraron cuando cada una cargaba un dolor que la otra podía comprender. Él hizo menos solitarias sus últimas semanas; ella logró, en pocos meses, lo que él no había podido en ocho años: convencerlo de que seguir viviendo no significaba olvidar.