
Otro.
Bloqueado.
La expresión de Ethan cambió.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Marcus.
—Le dije que tenía que estar en el hospital esta noche.
—¿Cómo se lo dijiste?
Marcus no contestó.
No hizo falta.
Ethan conocía a su administrador desde hacía años.
Sabía perfectamente cómo hablaba con personas a las que consideraba inferiores.
—¿La amenazaste?
—Solo le recordé quién está pagando la operación.
Ethan cerró los ojos.
—Eres un idiota.
—Señor…
—Te dije que con ella no usaras ese tono.
Ethan sabía algo que Marcus había olvidado.
Amelia Hart no necesitaba su dinero.
Había realizado cirugías gratuitas durante años.
Rechazaba pacientes multimillonarios si no consideraba ético el procedimiento.
La única razón por la que había aceptado su caso era porque su hermana menor, Claire Walsh, había viajado personalmente hasta Chicago.
Claire no había llevado abogados.
Ni cheques.
Ni guardaespaldas.
Solo se había sentado frente a mí durante cuarenta minutos y había hablado de su hermano.
No del heredero.
No del empresario.
Del hombre.
Me contó que Ethan había criado prácticamente solo a Claire después de la muerte de su madre.
Me dijo que seguía pagando los tratamientos de dos antiguos empleados enfermos.
Me mostró fotografías familiares que no habían aparecido nunca en revistas.
Fue Claire quien consiguió convencerme.
No el dinero.
Marcus no entendía eso.
Y acababa de destruir lo único que les quedaba.
Mientras caminaban hacia el vehículo que los esperaba fuera del aeropuerto, Ethan se detuvo de repente.
Apoyó una mano contra una columna.
—Señor Walsh…
—Estoy bien.
No lo estaba.
Su rostro había perdido color.
—Traigan oxígeno —ordenó Marcus.El médico que viajaba con ellos abrió una maleta de emergencia.
En menos de un minuto Ethan tenía una mascarilla sobre el rostro.
—Saturación ochenta y seis.
—¿Qué?
—Está bajando.
—¡Llamen al hospital!
La ambulancia privada que esperaba fuera de la terminal fue llevada hasta ellos.
Ethan fue trasladado inmediatamente al Saint Catherine.
Durante el trayecto preguntó una sola cosa:
—Encuentren a Amelia.
A las 6:19 de la tarde, el doctor Samuel Brooks, director de cirugía cardiotorácica del Saint Catherine, recibió una llamada.
—¿Ya llegó la doctora Hart?
—No.
—¿Por qué?
—Tuvimos… un problema con el vuelo.
—¿Qué problema?
Marcus dudó.
—No subió.
Silencio.
—¿Cómo que no subió?
—La sacaron del avión.
El doctor Brooks creyó haber escuchado mal.
—¿Quién la sacó?
—La aerolínea.
—¿Por qué?
—Sobreventa.
El silencio que siguió fue mucho peor.
Brooks conocía el procedimiento.
Había dedicado dos meses a preparar aquel quirófano siguiendo cada una de mis especificaciones.
Equipo extracorpóreo especial.
Instrumentación importada.
Sistema de perfusión adaptado.
Banco de sangre reservado.
Dos cirujanos vasculares.
Tres anestesiólogos.
Un especialista en ECMO.
Más de veinte profesionales preparados para una sola intervención.
Todo aquello existía porque yo iba a llegar esa tarde.
—Dígame que esto es una broma —murmuró Brooks.
—No.
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