
La puerta del garaje
Durante semanas, todo siguió con normalidad. Hasta que una tarde mi horario cambió y regresé a casa varias horas antes de lo habitual.
Lo primero que vi fue su cortacésped en el patio trasero.
El motor seguía encendido.
Pero el chico no estaba por ninguna parte.
“¿Chase?”
No hubo respuesta.
Rodeé la casa y volví a llamarlo.
“¿Chase?”
Otra vez, nada. Segundos después, apareció corriendo desde el garaje independiente.
Me quedé quieto.
“¿Qué estabas haciendo ahí dentro?”
Pareció sobresaltado, como si no entendiera por qué le preguntaba eso.
“La puerta estaba abierta”, dijo rápido. “Hacía muchísimo calor, así que entré un minuto para refrescarme.”
Lo miré fijamente.
Algo en su explicación no me convencía. Solo llevaba un mes viviendo en la casa y no había usado ese garaje ni una sola vez. Y, lo más importante, siempre lo mantenía cerrado con llave. Sabía con absoluta certeza que esa puerta no había quedado abierta ese día.
No lo acusé de nada. Terminó de cortar el césped y se fue, pero el episodio se quedó dando vueltas en mi mente.
Una coincidencia demasiado extraña
Unos días después, estaba haciendo compras cuando vi a alguien familiar en uno de los pasillos.
Era Chase. O al menos eso creí.
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