
Me estaba preparando para una cita especial. No era un café rápido ni un paseo sin compromisos: era un encuentro con intenciones serias. Él se llamaba David, tenía sesenta años, hablaba con calma y transmitía seguridad, sin promesas vacías. Fue él quien me invitó a cenar a su casa.
Una invitación que parecía prometedora
—Linda, quiero cocinar algo especial para ti —me dijo por teléfono—. En los restaurantes hay mucho ruido; en casa podremos conversar tranquilos.
Aquella propuesta me agradó. Un hombre dispuesto a cocinar él mismo parece hoy una rareza. Compré una caja de sus bombones favoritos y salí hacia su departamento de buen ánimo. Nos conocíamos desde hacía unos dos meses, pero era la primera vez que visitaba su hogar. Sentí que estábamos dando un paso adelante.
David me recibió en la puerta impecablemente vestido. Me elogió, me ayudó con el abrigo y me hizo pasar. El departamento era amplio, con techos altos y el recibidor estaba limpio, aunque el aire se sentía pesado, como si las ventanas llevaran mucho tiempo cerradas. En la sala, sobre la mesa, había solamente dos copas. Nada más.
La escena en la cocina
—¿La cena estará lista pronto? —pregunté con naturalidad—. Ya tengo hambre.
—Claro. Vamos a la cocina —sonrió.
Entré y me detuve en seco. El fregadero estaba desbordado de platos sucios: ollas, sartenes y vajilla acumuladas como si nadie las hubiera tocado en días. Sobre la mesa había ingredientes desparramados sin orden.
—Mira, todo está listo —dijo con expresión satisfecha.
—¿Qué exactamente está listo? —pregunté, sintiendo cómo crecía la tensión.
—La vida real de familia —respondió—. No busco solo una mujer para salir. Busco un ama de casa. Quiero ver cómo una mujer cuida el hogar y al hombre.
Se acercó y agregó en voz baja:
—No lavé los platos a propósito. Quiero ver cómo te desenvuelves. Las palabras no importan. La cocina lo dice todo.
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