
—Vino al hospital después de que Teagan muriera. Te vio salir con Lucas.
—¿Y?
—Se fue.
La rabia ardió dentro de mí.
—Lo viste marcharse y aun así guardaste la carta de mi hija.
—Pensé que ya habías sufrido suficiente.
—Tú decidiste eso por mí. Y también por mi nieto.
Trudy bajó la mirada.
—Me equivoqué.
Volví a casa y busqué entre las cosas antiguas de Teagan.
Encontré otra fotografía del mismo chico, con su guante de béisbol debajo del brazo. Debajo había una nota escrita con la letra de Teagan:
Comprar pañales. Terminar las tarjetas de agradecimiento. Decírselo a mamá.
Ella había planeado contármelo.
Había creído que tendría tiempo.
Aquella noche, Lucas me encontró mirando sus cosas.
—¿Quién es él?
—Alguien que conocía a tu mamá.
—¿Era mi papá?
Vacilé.
—Sí.
Lucas me miró fijamente.
—Entonces, ¿por qué no estuvo aquí?
Le prometí que le contaría todo cuando yo misma lo entendiera.
Poco después, encontré al antiguo novio de Teagan.
Se llamaba Daniel.
Cuando nos encontramos, le hice la pregunta que había cargado durante diez años.
—¿Por qué no regresaste?
—Sí regresé —dijo—. Fui al hospital.
Admitió que sus padres lo habían presionado para mantenerse alejado. Tenía dieciocho años, estaba asustado y era demasiado débil para tomar sus propias decisiones.
—Pero eso no explica diez años —dije.
Bajó la mirada.
—Seguí diciéndome a mí mismo que había esperado demasiado. Cada año hacía que esa excusa fuera más fácil.
Le creí.
Eso no significaba que lo hubiera perdonado.
—¿Lucas sabe de mí? —preguntó.
—Sabe que su padre existe.
—¿Puedo verlo?
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