
Algunos decían que yo crecería y también caminaría con una fregona. Otros se reían diciendo que yo olía a detergente. En los pasillos siempre se escuchaban susurros, risitas y comentarios venenosos.
Yo escuchaba todo. Veía cómo se miraban entre ellos cuando mi abuela pasaba por el pasillo con su carrito de limpieza.
Pero nunca le dije nada. No quería que le doliera. Ella trabajaba honestamente para que yo tuviera una vida normal, y me parecía injusto hacerla sentir culpable por eso.
Así pasaron los años. Y llegó el día de la graduación.

Todos hablaban de a quién invitarían a bailar. Las chicas elegían vestidos, los chicos hablaban de las fiestas después del baile.
Pero yo ya sabía desde hacía tiempo a quién invitaría. Cuando se lo pregunté a mi abuela, al principio pensó que estaba bromeando.
Varias veces dijo que era una mala idea. Decía que no tenía lugar allí entre los jóvenes. Pero aquella noche finalmente vino.
Se puso un vestido viejo con flores que había guardado durante muchos años. Antes de salir estaba nerviosa y todo el tiempo se disculpaba porque no tenía un atuendo bonito. Para mí se veía mejor que nadie.
Cuando empezó a sonar la música, los chicos comenzaron a invitar a las chicas a bailar.
Yo estuve un rato de pie a un lado. Luego me acerqué directamente a mi abuela y le tendí la mano.
—¿Bailamos?
Se confundió un poco, pero aceptó. Y justo en ese momento una ola de risas recorrió el salón.
Alguien gritó en voz alta:
—¿Qué pasa, no encontraste chicas de tu edad?
Otra voz añadió:
—¡Trajo a la limpiadora al baile de graduación!
Sentí cómo la mano de mi abuela temblaba ligeramente. Intentaba sonreír, pero en voz baja dijo que quizá sería mejor irse a casa para no arruinarme la noche.
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