
Lucía llegó al Hotel Palacio Imperial con su hija dormida contra el pecho y la carpeta de piel bajo el brazo. No llevaba joyas ostentosas ni un vestido diseñado para competir con la novia. Eligió un atuendo azul oscuro porque no buscaba atención para ella, sino para las pruebas. Los murmullos comenzaron en cuanto atravesó el salón: todos recordaban a la exesposa que supuestamente nunca podría ser madre. Beatriz fue la primera en interceptarla. Al calcular la edad de la bebé, su arrogancia se transformó en miedo. Alejandro apareció junto a Renata y exigió saber quién era el padre. Lucía colocó frente a él la prueba certificada. Mientras leía el resultado, su rostro perdió el color. Alejandro comprendió que había ridiculizado públicamente a la madre de su única hija y quiso acusarla por haber ocultado el embarazo, pero Lucía le recordó que él ya vivía con su amante cuando firmaron el divorcio. Renata intentó continuar la ceremonia, aunque su reacción reveló que conocía la existencia de la niña. Entonces Arturo Salgado, el antiguo asesor de la abuela, dejó caer su copa y trató de marcharse. La abogada de Lucía cerró discretamente la puerta y mostró los estados de cuenta, los dictámenes de grafoscopía y las actas de las empresas fantasma. Arturo terminó admitiendo que había falsificado autorizaciones durante casi 9 años. Confesó también que Beatriz lo había obligado a pagarle a un empleado de la clínica para alterar resultados, retrasar tratamientos y convencer a Lucía de que difícilmente podría ser madre. No existían pruebas de que alguien hubiera provocado sus pérdidas, pero sí de una manipulación psicológica destinada a volverla insegura y dependiente de Alejandro. Beatriz sostuvo que todo era mentira hasta que Renata confesó que ella había recibido dinero para acercarse a Alejandro y convencerlo de controlar el fideicomiso. Aseguró que después se había enamorado de él, pero esa defensa se desplomó cuando la abogada recibió el resultado de una prueba prenatal solicitada durante la investigación. Alejandro quedaba excluido como padre del bebé de Renata. Al ver el documento, ella no miró a su prometido. Miró a Eduardo, el padre de Alejandro. La expresión del hombre bastó para cancelar la boda antes de que alguien pronunciara una sola palabra.
Parte 3
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