
—Feliz —dije—. Y triste.
Intentó coger mi mano, pero se detuvo.
Yo mismo acorté la distancia.
Tía Rachel.
Maggie seguía sin estar. Nada cambiaría eso.
Pero Lily no era la vida que mi hija nunca llegó a tener. Era mi sobrina: una chica de dieciséis años, divertida y testaruda, a la que le encantaban las novelas de misterio y que dejaba notas sarcásticas en mi escritorio.
Durante meses, su rostro me había hecho ver todo lo que había perdido.
Ahora, cuando Lily entra en mi aula, veo a Lily.
Nada cambiaría eso jamás.