
Señaló hacia un edificio pequeño al otro lado de la avenida.
–En una entrevista.
Eran casi las 6.
La entrevista había comenzado a las 3.
Cuando salimos, una mujer apareció corriendo desde aquel edificio.
No llevaba paraguas.
Cruzó casi sin mirar los autos y cayó de rodillas frente a Renata.
Primero le tocó las manos.
Después la frente.
Luego revisó sus tenis mojados.
Ni siquiera me miró.
–¿Te duelen los dedos?
–Sí.
–Bien. Si te duelen, todavía los sientes.
Solo entonces levantó la cabeza.
–¿Quién es usted?
–Arturo Salcedo. Su hija encontró mi cartera.
La mujer se puso de pie.
–Marisol Duarte.
Le expliqué todo.
Esperaba que me agradeciera.
En cambio, apretó los labios al saber cuánto tiempo había estado Renata afuera.
–Le dije que esperara dentro.
–Yo insistí en llevarla a tomar algo caliente.
Marisol asintió.
–Gracias.
Fue un agradecimiento correcto, pero distante.
La lluvia empeoró.
Les ofrecí llevarlas.
Marisol estuvo a punto de negarse hasta que vio los tenis de su hija.
Vivían en un departamento pequeño en Iztapalapa.
El calentador fallaba.
Había arroz, frijoles y 3 latas acomodadas sobre una repisa.
En el refrigerador vi un aviso de corte de luz.
Sobre la mesa había otro papel.
Notificación de renta vencida.
Faltaban 4 semanas para que iniciaran el procedimiento de desalojo.
Marisol vio dónde estaba mirando.
–No necesito dinero.
Ni siquiera había ofrecido todavía.
–Solo iba a preguntar por su entrevista.
Soltó una risa sin humor.
–Otra empresa de limpieza. Turno nocturno.
Renata se fue a cambiar.
Marisol puso café.
Entonces me contó que durante 8 años había sido supervisora de cuadrilla.
La empresa había reducido personal, pero mantenido las mismas metas.
Después empezaron a exigir que las trabajadoras reportaran jornadas de 8 horas aunque muchas trabajaban 10 o 11.
–Querían que firmara las hojas.
–¿Y no lo hizo?
–La primera vez dije que había un error. La segunda entendí que no era un error.
–¿Qué pasó?
–Me quitaron turnos hasta que prácticamente no tenía sueldo. Luego dijeron que yo había abandonado el empleo.
Sentí una molestia familiar.
No contra ella.
Contra el nombre de la empresa que acababa de mencionar.
Conocía a ese proveedor.
Demasiado bien.
Abrí la boca.
–¿Para qué edificios trabajaban?
Marisol mencionó 5 direcciones.
La última era la torre de la que yo acababa de salir.
Mi torre.
Los pisos que yo recorría cada mañana habían sido limpiados durante años por mujeres a quienes alguien estaba quitándoles horas de salario.
Y el contrato que permitía hacerlo llevaba mi firma.
Parte 2: Aquella noche no pude dormir.
A las 2:13 abrí el expediente del proveedor desde mi computadora.
Encontré mi autorización en menos de 5 minutos.
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