
Bruno no era solo un perro policía; era prácticamente la mitad de mi vida. Era un pastor alemán de mirada noble, con una mancha oscura cerca del hocico y una inteligencia que a veces me hacía olvidar que era un animal. Llevábamos cinco años patrullando juntos. Habíamos pasado turnos interminables de madrugada, aguaceros pesados, silencios largos por las calles y situaciones de peligro donde lo único que necesitábamos para entendernos era cruzar una mirada por el retrovisor de la patrulla.
Para la mayoría de la gente del rumbo, yo era solo el oficial serio y de pocas palabras. Con los años en la calle uno aprende a levantar una pared, a no encariñarse de más y a guardar distancia. El único lugar donde me permitía bajar un poco la guardia era en la pequeña cafetería de la esquina, la que atendía Mariana. Mariana siempre tenía una sonrisa sincera y una calidez que aligeraba hasta el turno más pesado. Ya se sabía de memoria cómo me gustaba el café y siempre guardaba una galleta especial para Bruno, que reconocía el sonido de sus pasos apenas nos acercábamos a la puerta.
Todo cambió en una noche lluviosa de octubre.
Entró un reporte por radio sobre un robo a mano armada en una bodega cerca de las vías del tren. Éramos la unidad más cercana. Cuando bajé de la patrulla, la oscuridad era densa y el agua apenas dejaba ver la entrada. Le di la orden a Bruno de mantenerse junto a mí, pero apenas cruzamos el portón de lámina, escuché el chasquido metálico de un arma al cortarse cartucho.
No alcancé ni a desenfundar.
Una sombra salió de entre unas tarimas y sonó el primer disparo. En esa fracción de segundo, Bruno no esperó orden alguna. Se lanzó hacia adelante como un resorte. La segunda bala, la que venía directo a mi pecho, le pegó a él en el costado. Bruno soltó un quejido sordo, pero con la pura fuerza del impacto logró derribar al tipo contra el piso antes de desplomarse sobre el concreto.
Los refuerzos llegaron a los pocos minutos, pero para mí todo se nubló. Lo cargué en brazos como pude; su sangre caliente me empapaba el chaleco y sentía su respiración cada vez más débil.
—Aguanta, muchacho… por favor, quédate conmigo —le iba diciendo con la voz rota durante todo el camino a la clínica veterinaria de urgencias.
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