
No entré en la casa.
Llamé directamente al notario.
—Soy Mariana Ortega. Yo proporcionaré los fondos para la operación de Zapopan.
Hubo una pausa.
—Sí, señorita Ortega. La esperamos para la firma.
—Antes necesito confirmar algo. ¿Puede realizarse la compraventa sin que yo autorice la transferencia?
—No. El pago final todavía no ha sido liberado.
Cerré los ojos.
Todavía estaba a tiempo.
—Entonces deténgalo.
Cuarenta minutos después llegué a la notaría.
Mi familia ya estaba allí.
Mamá corrió hacia mí.
—¡Por fin! Pensábamos que te había ocurrido algo.
Daniela sonrió.
—Solo falta firmar.
Dejé mi bolso sobre la mesa.
—Perfecto. Quiero leer la escritura primero.
El silencio fue inmediato.
Papá carraspeó.
—Mariana, ya revisamos todo.
—Yo también.
Saqué el borrador.
—Especialmente esta parte.
Señalé el nombre de Daniela.
Mi madre palideció.
—Podemos explicarlo.
—Me encantaría escucharlo.
Daniela cruzó los brazos.
—Mamá y papá querían asegurar el futuro de todos.
—¿De
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