
todos?
La miré.
—Porque yo no aparezco.
Papá intentó acercarse.
—La casa iba a ser nuestra mientras viviéramos. Después pasaría a Daniela porque tú ya tienes una buena carrera.
Entonces comprendí la lógica.
Como yo había trabajado más, necesitaba menos.
Como había ahorrado, podía regalar.
Como Daniela no lo había hecho, merecía recibir.
—No voy a transferir el dinero.
Daniela se levantó.
—¡No puedes hacer eso!
—Precisamente porque es mi dinero, sí puedo.
Mamá comenzó a llorar.
Pero esta vez no cambié de opinión.
La operación se suspendió.
Creí que aquello terminaría allí.
Me equivoqué.
Dos días después, el agente inmobiliario me llamó.
—Señorita Ortega, encontramos algo extraño en el expediente.
Mis padres habían entregado una carta afirmando que parte del dinero utilizado para comprar la propiedad provenía de una cuenta familiar.
No era cierto.
Los 9,8 millones estaban en una cuenta exclusivamente mía.
Entonces apareció otro documento.
Una
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