
Abrí el sobre con las manos todavía temblorosas. Durante unos segundos, el único sonido en la habitación fue el roce del papel y el leve tic-tac del reloj que Harrison había dejado sobre la cómoda. El abogado permaneció frente a mí, en silencio, como si supiera que lo que estaba a punto de descubrir cambiaría por completo la imagen que yo tenía de mi marido.
Saqué primero aquella fotografía antigua.
Harrison parecía mucho más joven, quizá tendría poco más de cincuenta años. Estaba delante de una pequeña casa de piedra, sonriendo junto a una mujer de cabello oscuro.
La reconocí inmediatamente.
—No puede ser… —susurré.
Era Elena.
Mi hermana menor.
Elena había muerto hacía casi treinta años.
Levanté la vista hacia el abogado.
—¿Por qué tenía Harrison una fotografía de mi hermana?
El hombre respiró profundamente.
—Porque el señor Harrison la conocía mucho antes de conocerla a usted.
Sentí queel suelo desaparecía bajo mis pies.
Volví a mirar la fotografía. Detrás había una fecha escrita a mano: 12 de mayo de 1996.
Recordaba perfectamente aquel año. Elena atravesaba una época difícil. Había perdido su pequeño negocio, acumulaba deudas y durante meses evitó hablar conmigo sobre lo que estaba ocurriendo. Después consiguió recuperarse de una manera que nunca llegó a explicarme.
Siempre pensé que alguien le había prestado dinero.
—Harrison ayudó a su hermana —continuó el abogado—. Pero no de la forma que probablemente está imaginando.
Sacó otro documento del sobre y lo colocó delante de mí.
Era una escritura antigua.
Elena figuraba como propietaria de una pequeña casa en la costa. Debajo aparecía el nombre de una empresa que yo no conocía.
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