
Elías envolvió a Hannah con su abrigo y la levantó con cuidado.
Ella gritó cuando sus piernas se movieron.
—Aguanta. Mi caballo está afuera.
—No vaya hacia la casa —susurró Hannah—. Él podría estar allí.
Elías se detuvo.
—¿Tu marido?
Hannah negó.
—Mi marido está muerto.
Aquellas palabras cambiaron todo.
Antes de que Elías pudiera preguntar, escucharon un caballo acercándose.
Hannah comenzó a temblar.
—Es él.
Elías la ocultó detrás de varios fardos y tomó el rifle que llevaba sujeto a la silla.
Un hombre entró en el granero.
Era Silas Miller, propietario del rancho.
—Boone.
—Miller.
Silas miró la paja ensangrentada.
—Supongo que encontraste a mi cuñada.
Elías apretó la mandíbula.
—Necesita un médico.
—Lo que necesita es aprender a obedecer.
Hannah soltó un sollozo.
Silas sonrió.
—Ahí estás.
Elías levantó el rifle.
—Da otro paso y será el último.
Silas se detuvo.
—No sabes qué estás protegiendo.
—Sé
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