
Apreté suavemente los dedos de Victoria entre los míos, sintiendo por primera vez en años que mis manos no solo servían para sostener armas o firmar sentencias en las sombras de la ciudad, sino también para dar cobijo.
—A veces el mundo necesita temerle a un hombre para que quienes están bajo su techo puedan dormir en paz —le respondí en voz baja, sin apartar la mirada del jardín.
Abajo, en el pasto recién cortado, la pequeña Sofía —la más chiquita, la misma que meses atrás se había aferrado a mi pantalón temblando de terror debajo de la mesa del café— corría detrás de Ethan intentando quitarle una pelota de fútbol. Sus risas rebotaban contra los muros de cantera de la mansión, disolviendo el eco de las viejas órdenes frías y los pasos apresurados de mis hombres armados. Mis guardias, apostados discretamente en el perímetro, ya no vigilaban con el ceño fruncido de quien espera un tiroteo; ahora intercambiaban miradas cómplices y sonrisas discretas al ver cómo Ethan se dejaba caer sobre la hierba para que las cuatro niñas lo atraparan en montón.
—Señor Hayes —interrumpió Marco, mi mano derecha, apareciendo con paso medido en el porche, sosteniendo una carpeta de cuero negro—. Reporte de la frontera sur. Mercer intentó cruzar anoche usando una identificación falsa. Los contactos locales se encargaron de despojarlo hasta del último centavo. Ya no tiene un solo socio en todo el país que le conteste el teléfono. Se acabó.
Victoria contuvo el aliento por un segundo. La miré a los ojos, tomé la carpeta sin abrirla y se la devolví a Marco con un gesto firme.
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