
El aguacero que cayó sobre la carretera federal esa noche no parecía una simple tormenta de verano; era una cortina de agua tan espesa y violenta que los limpiaparabrisas del coche apenas alcanzaban a abrir una rendija de visibilidad en el parabrisas. El asfalto, desgastado por años de tráfico pesado y mal mantenimiento, se había convertido en una pista de hielo donde el agua acumulada formaba charcos traicioneros a cada curva. Adentro de la cabina, sin embargo, el ambiente seguía impregnado de esa calidez inigualable que solo dejan las reuniones familiares: en el asiento trasero todavía venían los recipientes con comida que la mamá de ella les había empacado a la fuerza, la música sonaba bajita en el estéreo y ellos dos platicaban entre risas, repasando las anécdotas de la tarde, soñando despiertos con el enganche de la casa que pensaban dar en unos meses y haciendo bromas sobre los nombres de los hijos que tal vez llegarían en un par de años.
Iban despacio, con las luces intermitentes puestas, cuidándose de cada bache y respetando el carril como siempre lo hacían. Llevaban casi seis años juntos, aprendiendo a conocerse hasta en los silencios, compartiendo las desveladas por trabajo, las idas al mandado en domingo y la emoción ingenua de quien siente que la vida apenas comienza a abrirse de par en par. Para ellos, el mundo era un proyecto a largo plazo, una carrera de fondo donde daban por hecho que el tiempo era un recurso infinito que nunca se les iba a terminar.
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