
Fue cuestión de una fracción de segundo. En una curva cerrada, a escasos dos kilómetros del entronque principal, un camión de carga pesada que venía en sentido contrario perdió por completo la adherencia por culpa del hidroplaneo. El chofer, vencido por el peso de la caja y la velocidad, volanteó desesperado para corregir la trayectoria, pero el vehículo derrapó de costado, invadiendo el carril contrario como una muralla de fierro descontrolada. No hubo tiempo de frenar, ni de esquivar, ni de gritar; solo el rechinido seco de las llantas patinando sobre el agua, seguido de un estruendo metálico ensordecedor que partió la noche en dos y apagó de golpe las luces del auto, proyectándolo varios metros fuera de la cinta asfáltica entre matorrales y lodo.
Después del golpe brutal, la carretera volvió a quedarse en un silencio espeluznante, roto únicamente por el tamborileo incesante de la lluvia contra la lámina retorcida y el zumbido de un claxon que quedó pegado en medio de la oscuridad. La llamada a los servicios de emergencia entró a los pocos minutos gracias a otros automovilistas que se orillaron aterrorizados por el impacto, pero para cuando las sirenas de la Cruz Roja y las patrullas lograron abrirse paso entre el lodo y la tormenta, los paramédicos no tuvieron más remedio que apagar las torretas: el impacto lateral había sido devastador e instantáneo; ninguno de los dos presentaba signos vitales.
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